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Alícia en el País de los Andes

–el riesgo es que te quieras quedar: Colombia–

“It’s no use going back to yesterday, because I was a different person then.”

“Alice: How long is forever?

White Rabbit: Sometimes, just one second.”

Alice in Wonderland, Lewis Carrol

Miras el reloj: son las doce y media del mediodía (“Oh dear! Oh dear! I shall be too late!”). Ayer no pudiste dormir hasta pasadas las cinco. Parece que tu reloj se quedó amarrado al horario andino, llegando demasiado pronto, o quizá demasiado tarde. Como el personaje del cuento que lleva tu nombre -¿cuántas veces te lo han dicho, al presentarte, y cuántas más te lo habrán de decir?-, te sientes condenada a haber vivido una aventura de maravillas en la que las normas son otras, en la que te sientes protagonista, en la que creces, te empequeñeces, corres, te deslizas, saltas y caes para volverte a levantar y seguir corriendo.

Por la madriguera abajo

Colombia fue el último destino en tu pequeña gran aventura y, quizá por ello mismo, el más irreal. Apareciste en Cali a las tres de la mañana, donde un taxista te dejó en el Tostaky Hostel en pleno barrio de San Antonio con una amplia sonrisa antes de desaparecer -¿sería el Gato de Cheshire?-. El viaje fue largo, y el bochorno que te recibió, aplastante, así que te quedaste dormida sin rechistar. Te levantaste temprano y movida por un intuitivo impulso, saliste a la entrada a fumar, apenas sin haber comido bocado ni siquiera café. De repente, apareció, como salido de la nada, con su indeleble reloj -¿volvían a girar las agujas?- y entonces supiste que no te quedaba otra que seguir al Conejo Blanco hasta el final. Bajasteis madriguera abajo y siguiendo el río Cauca, a través de puentes y paseos, os encontrasteis al Gato de nuevo, metamorfoseándose en mil y una posturas a lo largo de la avenida -según la placa conmemorativa, fue idea del escultor Tejada como regalo emblemático a la ciudad de Cali, aunque a ti te pareció demasiada casualidad -”habrás podido ver a una sonrisa sin gato, pero nunca a un gato sin sonrisa”. Llegasteis a la Plaza de Caycedo, repleta de palmeras, y callejeasteis por los alrededores hasta la Plazoleta de San Francisco, esta vez repleta de palomas y capitaneada por un triste tigre inmóvil. Tenías hambre, así que un taxista piadoso os llevó al Mercado Alameda, recomendandoos tomar para el guayabo (así llamaba él a la resaca) el sancocho de gallina y algunas frutas exóticas cuyos nombres ya no recuerdas, pero que, como la poción del cuento, te sumieron en un estado soñoliento del que solo te recuperaste al pasear, todavía siguiendo a marchas forzadas al C. Blanco, por el parque Loma de la Cruz, entre artesanos vendiendo en lo alto y un paseo gaudiniano con mensajes onírico-poéticos en que aprendiste el dicho de la ciudad: “Cali es Cali y lo demás es loma”. Casi sin quererlo acabasteis el recorrido donde lo habíais empezado: en el bonito barrio colonial de San Antonio, entre sus hermosas calles y la capilla del parque de mismo nombre, donde un vistoso transeúnte disfrazado de la Oruga Azul os aconsejó fumar de su shisha mágica antes de alejarse misteriosamente. Para acabar ese extraño día, después de perderos por los barrios de la ciudad, sucumbisteis a la magia de Cali, la Capital Mundial de la Salsa, en un pequeño bar en que trataron de hacerte bailar y tomaste tu primera cerveza Póker -¿sería un aviso de la Reina de Corazones?- para acabar bailando al son de la compleja salsa caleña en un atiborrado local llamado Topa Tolondra.

Un día más decidiste quedarte a investigar el mundo caleño, y aunque te advirtieron de que era demasiado tarde para subir al Cerro de las Tres Cruces, C. Blanco insistió, desapareciendo cuesta arriba sin siquiera darte el tiempo de reaccionar -y lo valió: las vistas de la ciudad, desde ese pequeño reducto en plena naturaleza, son una maravilla. Tras una pacífica tarde de lectura seguida de unos encuentros un tanto insólitos -¿por qué se emperraban en echar fuego por la boca?-, seguiste el camino por esas maravillosas tierras colombianas rumbo al norte, hacia el Eje Cafetero.

Una carrera electoral que trae cola

Formado por las ciudades de Armenia, Pereira y Manizales, el Eje Cafetero te pareció una de las regiones más bonitas de Colombia, aunque no precisamente por sus capitales. Por ello te quedaste en Salento, a pocos kilómetros de Armenia en el departamento de Quindío, donde un simpático hombre te mostró tu habitación en el Plantation House, rodeada de frutos silvestres en un entorno rural. Subiendo en la parte trasera de un curioso carro, los llamados Willys -clásicos de los que se deshicieron los americanos tras la Segunda Guerra Mundial vendiéndolos a los agricultores colombianos- llegaste al Valle de Cocora, un impresionante parque natural con senderos junto al río y cerros de singular belleza bordeados por bosques de Palma de Cera en que las palmeras crecen y crecen como si fueran ellas las que tomaran la poción de agua panela. Todavía absorta por el paisaje, y no sin haber probado antes una desproporcionada bandeja paisa, plato de la región, volvió a cruzarse C. Blanco en tu camino, reloj en mano, quejándose de que llegaría tarde a su cita, así que lo seguiste de nuevo sin pensarlo.

Llegasteis de noche a Manizales, donde Diana, una amable anfitriona, os invitó a hospedaros sin compromiso en su lujoso y bien decorado, aunque un poco alejado del centro, hostel 57. Cuando llegasteis, Diana no estaba, pero sí Tweedledum y Tweedledee, quienes aparecieron de la nada charlando sin cesar y contagiándoos las ganas de conocer sus tierras, a lo que el uno ofreció al otro que os acompañara en su coche al día siguiente hasta Chinchiná para visitar un cafetal, y así se cumplió. Tempranito disteis con la Finca Guayabal, donde un didáctico guía os habló enorgullecido del proceso de producción cafetera en Colombia y en la finca en cuestión, supervisado por el propietario o Sombrerero Loco, sirviendo tazas de café sin cesar con todas las variaciones imaginables. Allí confirmasteis la ficcionalidad de Juan Valdez, ese mutante personaje creado por la Federación Nacional de Cafeteros con el fin de representar, impulsar y difundir la fama de los miles de cafeteros colombianos en el mundo, secundado por su mula y las montañas de los Andes en el fondo con una taza de café 100% nacional. Aprendisteis que se trata del café más suave del mundo, y que los granos que flotan en el proceso de separación son los que menos valen y los que se usan para el café instantáneo mientras que los que pesan más constituyen la cosecha de calidad -aunque los europeos y americanos los mezclemos con granos de otros tipos para aumentar la cafeína. También os contaron cómo la cremosa espuma no determina si un café es bueno, y que la preparación de este, a mayor o menor grados o mayor o menor tiempo, es crucial para asegurar uno u otro sabor intenso (¿o alguien sabía ya que las cafeteras italianas deben sacarse del fuego antes de que el café suba del todo para que este no se queme?). Luego os propusieron ir a recoger los granos con vuestras propias manos, paseando por entre los campos de cultivo de toda la finca y finalizando en la piscina de esta, donde os otorgaron un diploma, una buena comida y, evidentemente, un buen café en una visita algo costosa, eso sí, pero deliciosa.

Seguisteis de nuevo hacia el norte, esta vez para Medellín, donde otro huésped, César, os invitó a alojaros en su Hostel International House. La visita a la ciudad de los paisas (los de Antioquia) fue de nuevo una maratón, dejándoos con la miel en la boca -o en este caso, con la lulada o el cholao. Según cuentan, se trata de una región comparable a Catalunya: orgullosos de su ciudad, de su esfuerzo, trabajo e innovación respecto al resto de Colombia. Ellos no son colombianos, ellos son paisas -y la verdad es que, pese al mal trago y fama que les hizo pasar el drugdealer Pablo Escobar, de quien no quieren ni oír hablar, admirasteis la determinación de esta sociedad muy consciente de que el futuro está en sus manos. ¿Y qué más se puede esperar de una ciudad sumida bajo el control de un narcotráfico más poderoso que liberales o conservadores, más adinerado que cualquier clase social, en medio de las guerrillas que imperan una Colombia en la que hace apenas diez años nadie se hubiera atrevido a visitar? Por suerte, tú llegaste justo a tiempo de que se proclamara la paz: las FARC firmaron un acuerdo con el gobierno de Santos el 23 de junio de 2016, supervisado desde la Habana -sin duda un momento histórico para el país. Pero no todo es un pasado triste en esta ciudad, cuna de movimientos culturales como el graffiti que puebla el entrañable barrio Comuna 13 donde construyeron la Escalera Eléctrica cerca del infinito teleférico que cruza la ciudad sorteando sus desniveles, o del artista reconocido mundialmente por sus figuras desproporcionadas, Fernando Botero. En definitiva, Medellín te pareció una ciudad que ya no quiere olvidar, sino que grita por romper, salir del huevo, crecer e invitar a visitantes, como tú, para mostrarles que puede convertirse en toda una aventura.

La contradanza de la langosta

Llegar a Cartagena de Indias te pareció como descender madriguera abajo por segunda vez. No solo tardaste trece horas en alcanzar tu destino, sino que un mundo nuevo, completamente distinto a Medellín, te sorprendió con su dejadez, su melancólica suciedad, su antiguo esplendor de gran puerto colonial. Y aun así, de una belleza deslumbrante (aunque pegajosa, como dijo un taxista de mundo). Esta vez te alojaste en el hostel Casa Viena, en pleno barrio de Getsemaní, donde a fuerza de pasear descubriste hermosas calles, plazas, niños jugando a pelota y profesores de baile dando clases mulitudinarias a calle abierta junto a hiphoperos parando el tráfico con sus brincos. Decidiste llegar hasta la costa, en Bocagrande, después de tantas vueltas andinas, pero te agasajaron nada más pisar la arena al son de turísticos masajes de aceite, langostas, mejillones y cuentos varios a cambio de unas monedas -por lo que pronto saliste por patas en busca de algo más genuino. Cruzaste los muros hacia la antigua Ciudad Heroica, fundada por Pedro de Heredia, puerto más importante de América y atracción de piratas en época colonial. Paseaste por la ciudad amurallada, junto a los carruajes tirados por caballos, bordeando la Torre del Reloj, el santuario de San Pedro Claver, la plaza de Santo Domingo y la de Bolívar, y visitando el Museo de la Inquisición justo antes de que rompiera a llover. Probaste las apetitosas arepas con queso, y el aguardiente, y saliste a bailar salsa en el famoso Café Havana, donde la Falsa Tortuga y el Grifo se zarandeaban torpemente de un lado a otro intentando seguir el compás, mientras en la puerta se agolpaban americanos seduciendo a pequeñas colombianas a cambio de algunos dólares o traficantes de “blanca” seduciendo a los turistas sin cesar. Te convencieron para ir al día siguiente a Playa Blanca, en isla Barú, tomando un bote que atraviesa las cristalinas aguas del Canal del Dique y te arroja en una playa repleta de visitantes como tú, por lo que no te impresionó tanto como el destino que estaba por llegar.

El mar de lágrimas

Siguiendo la carretera que va de Cartagena a Santa Marta, pasando por Barranquilla, llegaste a Palomino. Solo una noche pernoctaste (y difícil fue, en esa tienda de campaña supervisada por dos gatos traviesos, de seguro familia de Cheshire) en este pueblo costero limítrofe entre los departamentos de Guajira y Magdalena, a orillas de la Sierra Nevada de Santa Marta y en la desembocadura del río Palomino donde pasaste una plácida tarde viendo bajar gente con flotadores y subir el nivel del mar. Tu objetivo era otro: acceder por fin al Paraíso perdido, ese del que tanto te habían hablado, pese a su costosa entrada y las horas que tuviste que andar mochila en hombros bajo un calor sofocante hasta lo más remoto para quedarte tres días, el Parque Nacional Natural Tayrona, en pleno mar Caribe. Nunca en tu vida viste playas tan hermosas escondidas de la civilización por una vasta extensión natural repleta de palmeras, en un entorno casi selvático. Andar por los caminitos con miedo a que te caiga un coco en la cabeza (¿por orden de la Reina, también?), mientras los indígenas de pelo largo y blancas ropas trepan hasta lo más alto por conseguir uno de ellos y vendértelo machete en mano, hasta descubrir el acceso a una de las desérticas playas y entregarte a ellas con cuerpo y alma como si nada más existiera es una de las experiencias que más te conmovieron en Colombia. Cabo San Juan, La Piscina, Arrecifes (donde te alojaste)... a cual más deslumbrante, pese a no permitirse el baño más que en estas tres por causa de frecuentes ahogos en sus agitadas aguas caribeñas. En esas apareció el C. Blanco, pero incluso él paró el reloj, otorgándoos una pausa en ese idílico País de las Maravillas de donde nunca quisisteis partir.

El partido de croquet

Tras una breve estancia en Bucaramanga, todavía con el sabor del Tayrona en los labios, llegasteis al último destino, el palacio de la Reina de Corazones, la capital de este País de las Maravillas llamada Bogotá. Os alojasteis en el Sayta Hostel por azar, al picar a la puerta y ser recibidos amablemente por la Liebre de Marzo con un apreciado desayuno. Decidisteis recorrer la capital en bici en los llamados Bogotá Bike Tours, saliendo del barrio de la Candelaria, pasando por la plaza del Chorro de Quevedo, bajando por el Museo de Botero, la Casa de la Moneda y el Centro Cultural García Márquez hasta llegar a la Plaza Bolívar y girar a la derecha por la peatonal Séptima, entre múltiples comercios, vendedores ambulantes, ferias de libros, cantantes callejeros y paseantes rodeados de graffitis. Parasteis en el mercado a probar las mil y una frutas exóticas, e irrumpisteis en el bar de al lado para jugar una partida de tejo (consistente en lanzar un disco en una cancha de arcilla consiguiendo meterlo dentro del círculo creado donde se esconde la pólvora que te sorprendre al estallar), para luego seguir hacia barrios periféricos y volver al centro histórico. Por la noche, volvisteis a salir a bailar salsa, siguiendo el ritmo de un profesor hiperactivo que os hizo sudar toda la botella de aguardiente que os ofrecieron al entrar. La mañana siguiente se despertó lluviosa, así que visitasteis el Museo del Oro y os refugiasteis en el Café Florida a tomar los famosos tamales con chocolate mientras el cielo se despejaba y os permitía volver a pasear sin prisa hasta el Mercado de Pulgas de San Alejo y, luego, subir al cerro de Montserrate en funicular para apreciar las vistas de la ciudad. La última noche la pasasteis en la Plaza del Chorro, alargando la cena con un karaoke improvisado y tratando de bailar lo que pusieran, aprovechando conscientes de que el reloj marcaba ya la hora de regresar.

El testimonio de Alicia

Ni rastro de la Reina ni de sus naipes, y todavía con tu cabeza en tu lugar, te despertaste en casa, viendo agitarse las hojas de los árboles frente a ti, lejos, muy lejos. No sabes qué hora es aquí ni allí, ni si es demasiado pronto o demasiado tarde o tú demasiado pequeña o demasiado grande. Dejaste el tiempo detenido antes de irte -debías hacerlo-, a modo de custodia por si volvías sin él, para que te recordara quién eras y por qué te fuiste. Y ahora, lo recuperas, aunque ya no eres la Alicia que partió en busca de maravillas. Tampoco el tiempo lo es, pero por suerte, el Conejo Blanco sigue ahí, haciendo que tu aventura en el País de los Andes no quede en nada más que un sueño, sino que sigas saltando y cayendo para volverte a levantar y seguir corriendo, y las agujas del reloj sigan girando siempre, aunque a veces el siempre sea tan solo un segundo y aunque a veces no sepas hacia qué sentido giran.

That’s all, parceros...

 

(y para que este cuento no se acabe, no pondré el punto y f

 

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