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Allí serás la más alta

Todo lo que da miedo, es bueno, me dijo una.

Y me daba, mucho. Y estas últimas semanas de despedida en casa se me han hecho cortas y, al mismo tiempo, largas. Redescubriendo. Pensando, de nuevo, en mí. Viendo viejos amigos y otros más nuevos. Y la familia. Y durmiendo.

En el aeropuerto del Prat casi no me dejan volar: se necesita siempre un billete de salida del país. Un billete de vuelta, vamos. Lo compré: Chile, diciembre. La escala en Madrid fue fácil, pese a un leve retraso y una cola de unos cincuenta peruanos con dos horas de antelación a los que hicieron embarcar inútilmente para luego hacerles volver a salir y volver a embarcar. Yo me lo miré todo desde la distancia -bueno, desde los banquillos de la T1 B, mientras empezaba mi cuaderno. No me relajé hasta, pasada medianoche, estar instalada en mi aceptable asiento de pasillo, donde pasé las siguientes doce horas, muchas de ellas en pleno sueño. Junto a mí, un limeño de unos treinta y largos. Cuando despertó, me contó sus nada satisfactorias peripecias por Milán en los últimos cuatro años. No pensaba volver. Me preguntó por las mías, de peripecias, se las resumí. "Espero que te vaya bien, a veces se espera una cosa de la gente y uno se encuentra con otra". Se quedó pensativo, mirando cómo el avión sobrevolaba ya muy cerca de Lima. Y yo también lo espero, pense.

Allí serás la más alta, me dijo otra.

Son las 19:40 en Cusco; las 2:40 en Barcelona. He cogido tres vuelos, más de 14 horas de viaje, y la más alta o no, estoy aquí. Sin vuelta.

Todo ha ido fluido, y sin demasiados contratiempos, pasadas las nueve aterrizaba en Cusco dejando atrás la imponente perspectiva del Valle a vista de pájaro. Desde arriba, todo parece solemne e insignificante al mismo tiempo.

Cuando salí, no me esperaba nadie todavía. Tras un cigarrillo y un poco de impaciencia bajo el sol, ha aparecido el Sr. Don X, acompañado de sus secuaces: el cargamaletas y el taxista. De cabeza a un apartamento way too expensive, cuyo alojamiento he rechazado a favor del hostal Bananas. De momento, aquí me quedo -venía recomendada y me han tratado de maravilla. Su lema, en la entrada: "El mundo necesita a gente que ame lo que hace."

El resto del día me lo ahorro porque mañana me espera una exhaustiva visita al Cusco, pero sí puedo adelantar que, al margen del jet lag y el soroche, esta colorida ciudad me ha parecido prometedora. Mucho. Sol y gente cálida. Música en directo esta noche en el hostal, y pisco gratis. Mochileros con mil y una historias y una gran vitalidad. "Llevo dos semanas en Cusco, y hoy nos vamos a Maldonado", cuenta uno, "me está volviendo la adrenalina al cuerpo de golpe ante lo nuevo, lo desconocido, sabes esa sensación entre miedo y excitación? Lo sé.

Parece que el jueves tendré departamento. Sin vuelta.

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