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De la selva, sus adentros o de cinco metros boa

“It is an elemental odor, raw and crude; it is rich, almost rancid, sensual and strong. [...] It is a sound, a sound made up of ten thousand little sounds. You scarcely noticed it at first -it sunk into your consciousness, a vague disturbance, a trouble.”

The Jungle Book, Kipling

El sonido de la selva es único. Son muchos y, al mismo tiempo, se funden en uno solo: nítido, penetrante, armónico. Hasta la más oscura profundidad. Dicen que la selva te da hambre; yo creo que la selva te engulle.

Nos fuimos hace una semana, como muchos antes que nosotros, para perdernos en la selva, o para encontrarnos en ella. En busca del Paititi (la legendaria ciudad perdida de los incas), o quizá movidos por la aventura de la fiebre del oro. Pero lo cierto es que a las tres de la mañana de hace una semana tomamos una combi dirección Paucartambo cargados con unas cuantas latas de atún y pollo, botellas de agua y coca-cola, una caja de malarone y una de tiamina, y un bote de polvos de talco (para los hongos en los pies). Tras dos horas de espera en el paradero de Paucartambo, subimos en el dudoso colectivo guiado por una estampilla de Jesús que nos llevaría hasta los adentros del Manu, haciendo transbordo en Tres Cruces tras tres horas más de ruta, y siguiendo camino abajo -siempre más abajo- hasta Pilcopata, nuestro primer destino. La ruta estaba más o menos clara: queríamos llegar a Shintuya, para pasar hacia Edén y navegar el río amazónico. El cómo no estaba tan claro.

Nada más entrar en la Reserva del Manu, uno percibe el misterio de la selva amazónica, entre cascadas inesperadas y árboles que crecen entrelazándose unos con otros en busca del sol sumido en la neblina matutina. La selva del Amazonas* es la más extensa del mundo, cubriendo la mayor parte de Brasil y parte de Perú, Bolivia, Colombia, Ecuador y Venezuela con unos 6 millones de km2. El Manu son solo 18.812 de esos km2 repartidos entre la cumbre (a 3800 msnm) y el final del abismo (a 300 msnm), como espacio natural protegido entre los departamentos de Cusco y Madre de Dios -nombre que recibe asimismo el río que atraviesa toda la reserva**. Nos apeamos en Pilcopata (“lugar cercado, oscuro”) en espera de otro bus que nos llevaría todavía más adentro, y aprovechamos para comer y darnos una vuelta por el pueblo. Los comerciantes se refugiaban del implacable calor del mediodía bajo un porche repleto de piñas y plátanos de todos los tamaños. Nos acercamos al puente nuevo para observar el río, entre mariposas multicolores e insectos varios -entre los que una abeja maldita se abalanzó directa a nosotros a modo de bienvenida. Empezó a llover de golpe y nos refugiamos bajo un techo mientras un hombre de color que resultó ser nigeriano nos insistía una y otra vez mediante gestos que fuéramos con él a beber cerveza (el tipo pensaba quedarse dos meses en el Manu, solo, y sin hablar una pizca de castellano más que “amigo” -a lo que iba llamando la atención de los aldeanos que lo miraban con la misma extrañeza que nosotros… ¿cómo habría llegado hasta allí?).

Al fin salió el colectivo a base de empujarlo entre unos cuantos para que arrancase y seguimos hacia la localidad de Atalaya, donde nos propusieron bajar asegurándonos que en el puerto encontraríamos botes colectivos para llegar a Salvación. Les hicimos caso, pero de botes nada: todos eran privados y nos cobraban más de 200 soles por un simple paseo por el río, así que decidimos hacer noche y seguir al día siguiente -”el colectivo vuelve a pasar a las cinco, a las seis, a las siete, tómenlo nomás”-, no sin darnos una vuelta mientras los locales jugaban un partido de volley al atardecer. Aun así, Atalaya me pareció bonita.

Pasadas las cinco de la mañana nos encontramos, obedientes, en el cruce esperando al bus que nunca llegó. Desistimos y nos fuimos a pie unas dos horas hasta Salvación -capital de la provincia del Manu- cargados y con todo el sol sobre nuestras espaldas, maldiciendo al nativo de camiseta amarilla que nos recomendó bajar antes de tiempo. En Salvación tampoco había buses: había que esperar al día siguiente, tempranito. Por suerte, una amable señora nos recomendó visitar la laguna de cocha Machuwasi mientras nos guardaba el equipaje y nos aseguraba que se encontraba “ahicito nomás”. Llegamos en efecto en media hora y nos recibió el guardián junto a las balsas de madera que permitían navegar la laguna por dos soles y medio cada uno (precio nacional, la señorita es limeña, aprendí a no abrir la boca), tras advertirnos de que fuéramos con cuidado porque hacía unas horas una turista había pisado una culebra y esta se había vengado mordiéndole la pierna. Empezamos bien.

Subimos a la balsa y nos acercamos sigilosamente a los árboles en que reposaban unas aves prehistóricas de sonido ronco de las que no recuerdo su nombre, pero sí su majestuosidad, hasta llegar al otro lado de la laguna. Era nuestra primera incursión en la selva negra: aves, loros, hormigas, caparazones de animales extraños botados en el camino, flores de todos los colores, árboles gigantes, pájaros carpinteros, y la inmensidad sonora de la selva en todo su esplendor. El guardián nos recomendó volver al atardecer para observar los caimanes que salen de noche y así lo hicimos, tras reposar y comernos nuestra lata de frijoles enterita, aunque solo logramos acercarnos a las hierbas acuáticas alumbrados con mi móvil siguiendo las ondas que desprendía la respiración de estos lagartos. Prometimos volver algún día a “lagartear” y nos fuimos a dormir en un hostal cualquiera hasta el día siguiente, a las cinco, cuando salía el próximo bus dirección Shintuya, desde donde nos aseguraron que había harto carros y botes para llegar a Edén.

De nuevo, cuando salimos puntuales a las cinco, el colectivo se acababa de ir sin recogernos -eso sí: nos envió una moto para acercarnos hasta la próxima parada y conseguimos subir por los pelos. Me dormí las casi cuatro horas de trayecto. En el bus se encontraba el nativo de camiseta amarilla, volvía de comprar provisiones e utensilios en Pilcopata para traerlos a su comunidad. Una vez más, cuando bajamos a Shintuya, no había ni un solo medio de transporte disponible para seguir nuestro camino. Empezamos a sentirnos recelosos ante tales descarados mentirosos, la movilidad resultaba ser nuestra peor pesadilla en el camino. El nativo -más tarde descubrimos que se llamaba Brian- se dispuso a andar cargado con su pesado saco blanco a sus espaldas y unas botas de agua hasta las rodillas. Le preguntamos cómo llegar a Edén, a través de Intihuania, la población más cercana, y nos respondió que “a pata, son unas cuatro horas y media, a mí no me queda otra”, así que nos aventuramos con él.

A lo largo del sendero circundante al río Madre de Dios, nos reconciliamos con Brian, parecía un buen tipo al fin y al cabo. De rasgos muy nativos y habla extraña, nos contó que era agricultor, que había tenido a una pareja de alemanes en casa muy majos ellos que disfrutaban mucho de su comida, y que le interesaba mucho la cultura europea (incluso leía a Saramago), y quería saber si en Cataluña cultivábamos papaya y si había animales salvajes como en la selva. Le dije que no y me respondió con un “entonces a la señorita le impresionaría ver de cinco metros boa” -lo cual me dejó estupefacta. Por suerte, no tuve la ocasión de toparme con una. Brian también sentía curiosidad por conocer la razón por la que los europeos viajamos de un lado a otro, con qué objetivo. Le dije que para visitar y conocer otras culturas. Mi respuesta no pareció satisfacerle del todo.

Llegamos entre lluvias tropicales, charcos hasta la rodilla, un calor apabullante (remediado por la gorra azul de J., que llevé lo más dignamente posible, a lo hiphopero) y una conversación amena, pero exhaustos -resultaron ser casi seis horas de caminata finalmente. Al vislumbrar las primeras casas y la pancarta que anunciaba la llegada a Intihuania, Brian me miró -siempre serio él- y me dijo: “Ahí tiene su Ítaca, señorita.” No podría estar más de acuerdo.

Tras una coca-cola revitalizante, preguntamos a la dependienta el modo de llegar a Edén -a estas alturas imaginarán que, obviamente, no había transporte alguno. Se ofreció a que nos llevara su hijo (no debía pasar de los 16 años) en la aceitosa carga de su camioneta Unimog. Aceptamos. Nos depositó a la orilla del río, junto al puerto de la localidad formado por apenas  cuatro o cinco cabañas de comercios separadas del pueblo por el mismo río que rodeaba el puerto, convirtiéndolo en una isla a merced del caudal del Madre de Dios.

Habíamos llegado al fin de la carretera, no se podía avanzar más, ni retroceder. No había internet, ni cobertura, ni teléfonos públicos. Habíamos llegado, por fin, a Edén.


(to be continued…)

* El nombre de “Amazonas” proviene de las guerreras amazonas de la mitología griega junto a una deformación en la pronunciación de los españoles de una palabra indígena que significaba “rompedor de embarcaciones”. Lo acuñó el conquistador Francisco de Orellana tras haber combatido contra unas mujeres guerreras en 1542.


**El río Amazonas compite con el Nilo por ser el más largo del mundo (unos 6.800 km). Nace en Perú, en los Andes, a los pies del nevado Mismi en el departamento de Arequipa, y desemboca en Brasil, en la costa atlántica, con todos sus afluentes. Uno de ellos es el río Madre de Dios o Amarumayo (1.130 km), que nace en la cordillera Vilcanota, parte oriental de los Andes peruanos, y se divide en dos tramos: el Alto Madre de Dios, desde la región de Cusco hasta la selva alta de Pilcopata, y el Bajo Madre de Dios, hasta unirse con el río Manu en la localidad de Boca Manu.
BSO: "The End", The Doors, en Apocalipsis Now
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