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De sonidos mapuches
o la melodía del tiempo

Sudamérica tiene otro tiempo. Las ramas de los árboles se mueven a su compás, a veces más rápido, a veces más lento, pero siempre acompasadas. Los sonidos recogen ese baile armónico que produce la naturaleza en un concierto atemporal. El viajero que recorre sus tierras por un largo tiempo decide si entrar en la sala a bailar o permanecer sentado como simple espectador. Todavía no sé qué incluye el boleto que compré yo.

Chile es tierra de lagos y volcanes. De ciudades europeizadas o de colonias erigidas por alemanes ávidos de extender su rígida idiosincrasia en un nuevo mundo de casas bajas con tachuelas y frankfurts con mostaza. Partimos hace una semana Panamericana abajo desde la capital para adentrarnos en la Región de los Lagos. No hemos osado por ahora seguir hacia la Carretera Austral, puerta a la Patagonia y camino hacia la Tierra del Fuego, quizá por falta de tiempo, quizá porque uno no entra en estos lares para pasar de puntillas por ellos, sin más.

Nuestra primera parada fue Valdivia, capital de la Región XIV (Los Ríos) y la llamada Venecia de Chile, partida por el río de mismo nombre por el cual transitan botes pescadores y ferries con destino a las fortificaciones de los pueblos vecinos. Nos instalamos en la pensión de Margarita, cerca de la plaza central. Margarita nos recibió con los brazos abiertos y, también, por decir verdad, sin cerrar la boca: por tratarse de dos chicas, se creyó con el deber de adoptar el papel de madre, interrumpiendo nuestra privacidad cada dos por tres para preguntarnos si necesitábamos prender el calentador de agua o si ya habíamos comprado los boletos de bus para el día siguiente. Una buena mujer, sin duda. Pasamos dos días en Valdivia. El primero visitamos el centro de la ciudad con su mercado portuario repleto de enormes salmones relucientes y restos de comida engullidos por focas que esperan recostadas en los andenes del puerto. Paseamos por el Jardín Botánico, junto al precioso campus de la Universidad Austral de Chile, entre grupos de estudiantes estirados en el césped, guitarra y cerveza en mano (versión chilena del campus de la Autónoma de Barcelona, solo que en un entorno más privilegiado) y parejas enamoradizas aprovechando los rincones que ofrece el idílico jardín de altivos árboles. La luz sureña nos brindó un día largo, aletargado por el vaivén de las hojas. Volvimos a la pensión a descansar pronto junto a una sopa de sobre y un yogur, arreceradas con mantas y entretenidas por un debate televisivo sobre el papel de la mujer chilena, cual viejitas inducidas por el aura de Margarita.

El segundo día tomamos el ferry hacia Corral y Niebla. Pese a no ofrecer demasiado al visitante, nos dejamos llevar por su corriente, paseando entre tranquilas calles y playas hasta comer un buen pescado en el humilde Rincón de Don Carlitos, famoso en el pueblo. A media tarde, decidimos seguir nuestro camino, teniendo como destino Puerto Varas, a unas dos horas de viaje al sur.

Puerto Varas nos sorprendió nada más llegar en busca de alojamiento con su telón de fondo anaranjado por la luz del atardecer. El volcán Osorno se erige imponente a lo lejos, tras el lago Llanquihue, a modo de mágica bienvenida para los recién llegados que tienen la suerte de vislumbrarlo. Nosotras no tuvimos la ocasión de volverlo a ver durante nuestra estancia. La ciudad es un punto de encuentro de viajeros camino a la Patagonia, como un último eslabón de trekkings por volcanes y paseos en bote por lagos antes de tomar el costoso crucero de cuatro días o el impagable avión hasta Punta Arenas y Puerto Natales, con destino al Parque Nacional Torres del Paine. Al margen de eso, es una ciudad preciosa. Desprende ese aire de los pueblos cucos a pie de montaña con viviendas solo accesibles para familias adineradas, como una especie de Puigcerdà a la chilena. Hicimos noche en el Hostel Margouya Patagonia, donde cenamos con una botella de vino junto a una pareja de suizos que venían cruzando la frontera argentina, otra pareja de coreanos cansados el uno del otro, y una mujer de Navarra de mediana edad que decidió embarcarse en su primer viaje sola por tierras chilenas -aunque pudiera parecer patético, según ella, pero no lo era para nada.

La mañana siguiente se levantó lluviosa. Nos cambiamos de hostal, por falta de lugar, y nos instalamos en Casa Pistacho, un lugar encantador, pequeño pero de lo más acogedor gracias a la calidez de sus propietarios, Coté y su voluntario australiano, Travis, acompañados de un cariñoso gato. Dedicamos el día a pasear tranquilamente por la ciudad y a visitar el pueblo de al lado, Frutillar. A la vuelta, tuvimos que esperar casi dos horas a que pasara el bus. El conductor, que pasó en un momento por el paradero sin ningún pasajero, nos pidió que esperáramos, que ahora volvía. Tardó una hora y media, tiempo en el que llegaron dos parejas de chilenos provenientes de la capital y una pareja de extranjeros, además de un perro juguetón al que llamamos, esta vez, “bacán”. La espera bajo el frío del atardecer acabó forjando alianzas entre nosotros, por lo que, cuando por fin volvió el conductor, subimos todos sin pagar pasaje.

Un día más en Puerto Varas nos permitió realizar una caminata por el volcán Osorno. Pese a no estar muy bien indicado, completamos un tramo del Sendero de la Desolación por tierras arenosas por influjo del volcán, donde nos volvimos a encontrar con la vasca, que compartió parte del camino con nosotras. Laura y yo nos desviamos en una bifurcación para regresar por la orilla del lago. El paisaje, aunque desolador, nos pareció deslumbrante.

Por la noche, cogimos un bus hacia Puerto Montt, parando en un inquietante hostal cerca del puerto llevado por una mujer chilena y su marido británico de avanzada edad, cuyas habitaciones contenían sospechosamente El libro de Mormón. No había nadie más salvo un francés de Lyon, Thomas, a quien invitamos a salir con nosotras para ver un concierto de un amigo de Laura en el bar El balcón.

El viernes llegamos al fin, tras una pequeña travesía en ferry, a Chiloé, donde nos encontramos todavía ahora. Se trata de la segunda isla más grande del continente, habitada por gentes del mar que se dedicaron durante mucho tiempo a la pesca del salmón, cuando hubo el boom de la época. Chiloé se distingue por sus casas de tejuelas (las famosas tejas chilotas de madera), los palafitos (casas calzadas sobre estacas en el agua) y sus coloridas iglesias enteramente de madera. A su vez, desprende un aura mitológica, alimentada por historias de brujas, barcos fantasma y figuras de la cosmovisión mapuche-chilota. Conforma un archipiélago de más de 40 islas que se mueven entre paisajes barridos por el viento, brillantes cerros de colores sorprendentes, parques nacionales con pingüineras y entradas del Pacífico que contribuyen a crear un deslumbrante mosaico de colores bajo los rayos del sol.

Ricardo nos vino a recoger en la heladería Brújula, junto a la Plaza de Armas de Castro, la capital. Era nuestro contacto de Coachsurfing, debíamos quedarnos en su casa: una preciosa cabaña a pie del río, como campamento base para visitar toda la isla. Nos recibieron los perros de su tía y vecina, Simón y Sofía, jugueteando amigablemente por la explanada ajardinada que rodea la casa. Nada más dejar las maletas, Ricardo nos propuso “volar”: nos sentó en un gran columpio en medio del bosque con vistas al río y nos empujó hacia la nada. No pude evitar sentirme como Enriqueta de Macanudo. Luego nos acompañó a dar una vuelta por el centro de Castro, visitar la preciosa iglesia de madera, y conocimos un lugareño, sabio reducto de la cultura mapuche, el cual nos enseñó a saludar en su lengua nativa con los diez dedos de ambas manos. Volvimos a la cabaña para pasar una agradable velada junto a Ricardo y una amiga suya, envueltos por una atmósfera acústica chilota, amenizada con la intervención de las ondas sonoras de su cuenco chino, que nos mostró con pasión.

El sábado nos dirigimos al Muelle de las Almas, siguiendo los consejos de Ricardo. El bus nos dejaría en el cruce con un camino pedregoso por el que debíamos empezar a andar hasta encontrarnos con algún auto que nos quisiera acercar al Muelle. Eso hicimos, acompañadas de  Allison, una entrañable francesa que lleva diez meses cruzando Latinoamérica. Solo conseguimos que nos ahorraran dos veces un pequeño tramo, ya que no pasaron más coches, así que acabamos andando casi tres horas por un camino precioso, aunque costerudo. Suerte de Allison, que compartió su sandwich de queso untado y atún con nosotras. El Muelle de las Almas nos pareció impresionante. Nos dejamos llevar por el acantilado, sumidas en la magia del lugar, con vistas hacia el océano desde lo alto del cerro y con el sonido retumbante a lo lejos por decenas de leones marinos y la calma que sucumbe el mar.

Volvimos en coche, gracias a unos chilotes a los que esperamos en el estacionamiento más cercano, rogándoles que nos llevaran de vuelta al cruce.

Estos últimos dos días nos los tomamos con calma. Visitamos la isla de Achao y Dalcahue, y los alrededores de Castro. Parece que la isla nos contagió inevitablemente su compás. Pronto regresaremos a pasar las Navidades en Puerto Varas, donde nos esperan, y luego subiremos de nuevo hasta Valparaíso, dejando atrás el sur. El invierno ya se ha instaurado de lleno en Barcelona. Nosotras, a menudo, no tenemos muy claro dónde estamos. Ni (hasta) cuándo. Yo solo espero dejarme llevar por este concierto de hojas acompasadas por el viento, hasta que el tiempo me diga cuál es mi melodía.

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