Tiempo Tiempo

Mediodía estancado entre relentes.

Bomba aburrida del cuartel achica

tiempo tiempo tiempo tiempo

Era Era

Gallos cancionan escarbando en vano.

Boca del claro día que conjuga

era era era era.

Mañana Mañana

El reposo caliente aún de ser.

Piensa el presente guárdame para

mañana mañana mañana mañana

Nombre Nombre

¿Qué se llama cuanto heriza nos?

Se llama Lomismo que padece

nombre nombre nombre nombrE.

César Vallejo, Trilce (1922)

Tiempo tiempo. Se habla constantemente del tiempo, de la falta de, de la pérdida de, de la velocidad a la que pasa, del ritmo. De pequeña, leí Momo y me marcó. Para quien no se acuerde, en ella se narra la historia de un pueblo cualquiera que sufre un giro con la llegada de los Hombres Grises. Estos, vestidos de traje y corbata y siempre fumando, convencen a los habitantes para almacenar su tiempo en el Banco del Tiempo porque se trata de un bien demasiado preciado que no pueden malbaratar. Los adultos les hacen caso, temerosos de la amenaza, y se dedican a aprovechar su tiempo de la forma más productiva posible, dejando de jugar y de escuchar a los niños. Momo, una niña entrañable aparecida de la nada, junto a su aliada, la tortuga Casiopea, se encargará a lo Robin Hood de recuperar el tiempo robado por los Hombres Grises. ¿Sus armas? La imaginación.

Ayer visité Chinchero, el pueblo donde nos gustaría desarrollar nuestro proyecto. A unos cuarenta minutos en bus, por una carretera circundante que se adentra en el Valle Sagrado, siguiendo las vías de un tren regional, se encuentra Chinchero. El objetivo del día era presentarse en la escuela y visitar la comunidad. La directora, llamémosla A., una mujer de mediana edad, serena y vital al mismo tiempo, me estaba esperando. Sacó un sofá rojo de una sala y lo situó en el patio de la escuela, para que pudiéramos hablar cómodamente -me explicó, como quien no quiere la cosa, que esa sala fue víctima de incendio un mes antes, debido al descuido de una profesora que se olvidó de apagar la vela del altar a la virgen antes de irse. Al momento empezaron a aparecer niños vestidos de uniforme rojo y negro, corriendo por todas partes hasta que se percataban de mi presencia y venían corriendo a saludarme con un beso y un abrazo, sin darme siquiera la oportunidad de presentarme. Eran las once, la hora del recreo. Me tomaron de la mano para jugar al corro del lobo. Yo desconocía tal juego, pero ya me encontraba cogida de las manos en ambos lados, sin escapatoria alguna. De repente, tras unas cuantas vueltas entonando una canción que procuré aprender rápidamente, echaron todos a correr huyendo de una pequeña niña que debía de ser el lobo. Para no ser menos, también corrí, pero me acabó alcanzando.

Así pasó la mañana en la escuela Alternativo Yachay, una cooperativa de profesores que inició A., descontenta con el sistema educativo y de oposiciones del estado peruano, hace doce años. "Al inicio, lo hacíamos en la casa, éramos pocos... era mejor." Quedamos para comer luego a la salida de la escuela, y me dejó dos horas en las manos de su hija, de 22 años, estudiante de medicina en la Universidad de Cusco. Esta, muy madura y natural, y yo deambulamos por el pueblo conversando sin parar como si hiciera tiempo que nos hubiéramos conocido -no sin antes pasar por casa a por una infusión de coca, mi primera, me gustó.

Chinchero es precioso. Al margen de la carretera que cruza el pueblo, plazas y callejuelas se descubren a cada vuelta con una mirada nostálgica. No pude ver el popular mercado del trueque en acción, iré el domingo, pero sí visitamos la Plaza Mayor, con su bonita iglesia Nuestra Señora de Montserrat repleta de murales, y la antigua casa donde yacía el palacio del rey inca Tupac Yupanqui. Y luego, la mejor parte: las ruinas incas y los andenes a pie de montaña, junto a una explanada verde inmensa coronada por una formación rocosa en la que, según me contó, su madre iba a estudiar en la época, ya que no tenían Internet ni televisión ni móviles, se justifica.

Volvimos tranquilas, comimos junto a A. y también su hijo, muy dicharachero él, 20 años, estudiante de historia, y me despedí para volver a Cusco en un taxi compartido con una mujer chincherina que resultó ser dueña de una pequeña librería junto a la escuela, y que me prometió asistir el sábado a nuestra primera reunión convocada con el grupo de mujeres, tras pedirme a cambio que me quedara unos meses más. Todo eso, mientras sonaba de fondo en el taxi una canción cuya letra decía: "Alicia, mujer bonita", y que, bajo mi sorpresa, el taxista me aclaró que se trataba de Tomás Pacheco y que tenía muchísimas canciones con nombre de mujer. Ya. Pero yo prefiero a Momo.

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