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Luces del silencio: 

Del trópico a 

la patagonia

“Oh, benvinguts, passeu, passeu,

Que a casa no hi falta ningú,

O potser sí, ja me n’adono,

Que tan sols, hi faltes tu.

També pots venir si vols,

T’hi esperem, hi ha lloc per tots,

El temps no compta, ni l’espai,

Qualsevol nit pot sortir el sol.”

Sisa, "Qualsevol nit pot sortir el sol"

La luz patagónica nos persigue. Sin demora, pero sin prisa, despierta antes que nosotros y asoma despuntando los primeros rayos de sol sobre el lago argentino, que refleja por capas las nubes rojizas del cielo a su turno. Sin previo aviso, impone silenciosamente su veredicto: ya es hora, el día empezó, solo faltan ustedes (se le pegó el deje argentino, se entiende, tanto tiempo morando acá). Sin embargo, hoy tendrá que elegir si seguirme a mí unos 300 km hacia el oeste, camino de Puerto Natales en la frontera chilena, o seguir a mis padres con escala en Buenos Aires 15.000 km hacia el noreste, de vuelta a casa. Por el momento, optó por el silencio.

Argentina nos brindó una luz maravillosa durante los quince días que mis padres estuvieron aquí. Tras abandonar la capital un martes a primera hora de la mañana, llegamos a Puerto de Iguazú bajo un sol radiante, bochornoso, tropical. Desde el mismo avión, mientras aterrizábamos en un aberrante corte humanizado en medio del paisaje selvático, adivinamos ya ese clima salvaje, exento de reglas, un tanto anárquico. A mi madre le brillaron los ojos: “hace tiempo que no piso estos paisajes”. El transfer nos dejó en el hotel con una hora de pausa para comer antes de pasar a buscarnos de nuevo camino de las cataratas, lado brasileño. Decidimos comer dos tostados para los tres (llámesele al bikini común, solo que en vez de dos triangulitos te vienen cuatro por plato -los argentinos y sus inconmensurables raciones) al borde de la apacible aunque abarrotada piscina del hotel, apurando el tiempo para cambiarnos, preparar la mochila y comer, y todavía nos dio tiempo a prender un cigarrillo -creo que fuimos los únicos a empezar la visita nada más llegar, al estilo de la casa, pim pam.

Las cataratas de Iguazú (“Agua Grande” en guaraní), bautizadas por Álvar Núñez Cabeza de Vaca como “saltos de Santa María”, se sitúan sobre el río Iguazú, en el límite entre la provincia argentina de Misiones y el estado brasileño de Paraná y constituyen una de las siete maravillas naturales del mundo con unos 275 saltos, la mayoría de los cuales se encuentran en el lado argentino. Un guía del que no recuerdo el nombre nos condujo por el marcado circuito brasileño, vislumbrando las cataratas a lo lejos a cada vuelta, hasta sumergirnos por la pasarela que te empapa de arriba abajo en el mismo rompiente de estas. Pese a los reparos de ese guía sin nombre, me tomé mi tiempo frente al torrente de agua que cae armónica e incesantemente para escuchar su sonido y contemplar los múltiples arco iris que aparecen mágicamente en combinación con la luz tropical. Magistral.

Volvimos al hotel y, mientras yo tomaba una ducha disfrutando del potente chorro de tres estrellas, mis padres salieron a pasear por el fronterizo pueblo de Puerto de Iguazú, en la confluencia entre los ríos Iguazú y Paraná y tocando con Brasil y Paraguay, al que calificaron no sin desdén de artificioso, prostibulario, contrabandista y demás -pero en fin, todas las ciudades de frontera tienen algo de eso, no hay más que ver Tijuana, Juliaca, incluso Ceuta…

A la mañana siguiente nos recogieron temprano para ver el lado argentino, esta vez. Dicen que es el más imponente porque posee el 80% de los saltos -de ahí que exista un dicho que “desde Brasil se ven las cataratas y desde Argentina se viven”. Bajamos del bus y nos fumamos un cigarro en una de las tres únicas zonas en la que está permitido fumar (por lo que mi padre decidió apodarnos de ahí en adelante “la familia Marlboro”), mientras un nuevo guía llamado Carlos indicaba al grupo dónde comprar las entradas al parque y anunciaba el planning del día. Reacia a seguir de nuevo a un enorme grupo de ociosos turistas por entre una de las maravillas del mundo, me revelé y propuse desarraigarnos de tal grupo y huir por nuestra cuenta. Mis padres accedieron; Carlos respondió con una mueca de desagrado y un gesto airado con la mano. Nos fuimos caminando por el sendero marcado hasta llegar a la estación donde tomamos un simpático trenecito que nos llevaría al núcleo de las cataratas, allí donde se agolpan los mayores flujos desprendiendo una vasta humareda de unos 80 metros de caída casi apocalíptica: la Garganta del Diablo. Difícil narrar lo que se siente avanzando por entre las pasarelas construidas encima del enorme río hasta llegar a ese fértil centro de energía -lástima, como siempre, de las aglomeraciones de turistas que te impiden sumergirte al cien por cien en ese estado hipnótico; aun así, impresionante sin lugar a dudas.

Tomamos el tren de vuelta y pasamos el resto de la mañana paseando por los llamados circuito superior e inferior, cuyos miradores y múltiples senderos brindan distintas perspectivas de la Garganta del Diablo y demás cataratas. Precioso. Ya de vuelta, decidimos parar a comer: mi madre se trajo jamón de jabugo desde Barcelona y nos dispusimos a prepararnos, orgullosos, unos buenos bocadillos en la zona de picnic cuando empezaron a llegar una manada de coatis (una especie de mapache natural de la zona). Pese a su apacible apariencia, pueden llegar a ser despiadados e incluso peligrosos: se apropian ávidamente con sus pequeñas garras de cualquier atisbo de comida que lleguen a oler, subiéndose a las mesas ágilmente y robando de la mano si hace falta. Ante nuestra alarma, el caos se sumió de repente en la zona de picnic, lo que provocó que acabáramos comiendo rápido y de pie dentro de la zona segura del supermercado, en la esquina dedicada a los congeladores mientras turistas americanos trataban de alcanzar helados de limón entre las migas de nuestros bocatas. Todo glamour, eso ya lo tenemos.

Dejamos el hotel no sin disfrutar una vez más de la agradable piscina a la luz tropical, con un delicioso jugo de maracuyá y naranja en mano, y partimos para el aeropuerto al día siguiente dirección Bariloche, en la mismísima Patagonia argentina. Pasamos unos cinco días allí: mi padre había alquilado un coche (el llamado troncomóvil, sin ni siquiera cierre automatizado) y un acogedor apartamento con vistas al lago en la calle Salta, junto al centro de la ciudad. San Carlos de Bariloche, en la provincia de Río Negro, es un destino turístico conocido por sus pistas de esquí, sus numerosos lagos y su chocolate, además de acoger viajes de fin de curso en la secundaria. Nuestra estancia fue de lo más agradable, aunque tanto lago y tantas horas de coche se nos acabaron haciendo un poco pesadas. Los mayores atractivos turísticos de Bariloche son el circuito chico, donde existen pequeños senderos que se adentran en los bosques circundantes al lago para observar los árboles arrayanes; el cerro Tronador, al cual se llega mediante unos 30 km de insoportable ripio por el que acabé medio mareada, pasando por el lago Mascardi y el glaciar ventisquero Negro; la subida en teleférico a alguno de los cerros de la zona, en nuestro caso, el cerro Campanario, desde donde se obtienen impresionantes vistas; la excursión a Puerto Blest, una agradable navegación de un día por el lago Nahuel Huapi desde Puerto Pañuelo hasta Puerto Alegre, que comunica con Chile, Puerto Montt, a través del lago Frías; y la célebre Ruta Nacional 40 que cruza Argentina de norte a sur siguiendo la Cordillera de los Andes, en la que se encuentra la llamada Ruta de los Siete Lagos de Villa la Angostura a San Martín de los Andes en unos 100 km. Este último resulta un impoluto pueblo de casitas de madera y veredas con rosales donde se concentra la alta sociedad argentina y en el que pasamos una noche en una bonita pensión gestionada por una afable viejita de Tremp, casualmente un pueblo donde tenemos familia. La región de los lagos, en definitiva, merece la pena una visita, aunque desde nuestro punto de vista europeo no resulte tan sorprendente por su innegable parecido a paisajes suizos o austríacos, y en mi caso, a Puerto Varas, en el lado chileno, que ya visité hace tres meses junto a Laura. Pese a ello, es una zona muy bonita, sin duda; y la luz patagónica nos acompañó sorprendentemente todos los días, ahuyentando las incipientes lluvias que empezaban a llegar del norte.

Al fin tomamos nuestro último avión con destino a El Calafate, justo un día antes de la llegada del mismo presidente Obama a Bariloche y no sin habernos tomado antes un chocolate en la avenida principal de Bariloche donde mi madre se decepcionó una vez más por no ser lo suficientemente espeso y negro (a ella que no la saquen de Petritxol). Llegamos al mediodía al hotel las Abutardas, al inicio de la avenida San Martín, en una sofocante aunque agradable habitación, también con vistas al lago, y pasamos la tarde paseando apaciblemente por los comercios del paseo donde pudimos apreciar los prohibitivos precios sureños (lo que obviamente desembocó en un nuevo apodo para el pueblo: Calatraco). Al día siguiente nos esperaba una de las visitas más esperadas: el glaciar Perito Moreno. Este debe su nombre a Francisco Moreno, experto argentino al que se le mandó establecer y defender los límites patagónicos con Chile, y lo llevó a cabo exitosamente, descubriendo a su vez numerosos lagos, ríos, canales y cerros. Se encuentra a 80 km de Calafate, en el Parque Nacional Los Glaciares, frente a la península de Magallanes, y constituye uno de los pocos glaciares que crecen positivamente unos dos metros por día, avanzando por el lago Argentino. Antes de depositarnos en la zona de pasarelas, la guía de la agencia Criollos (eficaces ellos) nos subió en una embarcación para acercarnos al imponente glaciar, que no tuvimos la suerte de ver romper por solo unas semanas (fenómeno que dicen ocurrir aproximadamente cada cuatro años). Resulta absolutamente deslumbrante observar el avance de la lengua hasta el lago, con sus desordenados picos y sus enormes grietas azuladas por el reflejo del sol. Más sorprendente incluso resulta ver cómo desprende de repente pequeños cachos de hielo bajo un ruido atronador que se catapultan sobre el agua en una caída sublime. Una vez más, difícil narrar tal espectáculo de la naturaleza: uno debe ver glaciares de esta magnitud si es posible una vez en su vida. El paseo por las pasarelas cerca del Perito Moreno dura aproximadamente unas dos horas, a paso lento, y lo mejor es dejarse hipnotizar en silencio por las luces aguadas que refleja tan digno paisaje entre hielo, agua y cielo. Eso hicimos mi madre y yo, paseando por todo el circuito, olvidándonos de mi padre que se quedaba constantemente atrás debido a su afán fotográfico casi enfermizo pero que parece hacerle feliz. Fue una visita de lo más especial.

Nos quedaba solo un día juntos antes de separar nuestros caminos y un tour por completar: Ríos de Hielo. Partiendo en catamarán del Puerto Punta Bandera, dicha excursión te lleva por el lago Argentino hasta el Glaciar Upsala, pasando por el Canal Spegazzini hasta el Glaciar Seco, en toda una mañana al más puro estilo Titanic, esquivando témpanos o icebergs aquí y allá. Una experiencia diferente.

La última noche me acosté temprano, leyendo un poco y ojeando de vez en cuando a mis padres. Ella, leyendo también o consultando el móvil con una mirada un tanto ausente aunque graciosa, a mi parecer; él, realizando una selección de las fotos que había tomado durante la jornada o fumando apoyado en la ventana de la habitación, un tanto nervioso. Diría que por primera vez los observé dualmente, por dentro y por fuera, en silencio. Los echaré de menos. El sábado por la mañana me acompañaron a la terminal de bus donde salía mi bus hacia Puerto Natales, de nuevo por mi cuenta. Ellos tomaban más tarde un avión hacia Buenos Aires, conexión obligada de vuelta a Barcelona. Mientras caminábamos por el paseo desierto a primera hora de la mañana bajo un cielo rojizo de nubes entrecortadas por los rayos del sol, nos sumimos en un silencio de luces. Tras dos estupendas semanas juntos en un precioso viaje por Argentina, gigante y espectacular país de contrastes en toda regla, la familia Marlboro se reencontró, amparada bajo la luz patagónica que nos brindó la oportunidad de compartir juntos un intenso itinerario por maravillas únicas en el mundo como Iguazú, el Perito Moreno o la hermosa ciudad de Buenos Aires. “Ah, ¿sha fue? ¿No tenés otro tour por acá de estos relindos? ¿Pirámides, la muralla china quizá, no?”, apuntó mi padre. “Bueno”, respondí yo irónica, imitando ese característico “bueno” argentino que no queda claro si responde a un “de acuerdo, vale”, un “¿y a mí qué me cuentas? Haz lo que te dé la gana” o a una indiferente aprobación. Subimos las escaleras entre mochileros madrugadores camino del bus y deposité mi mochila, ya más ligera (conseguí deshacerme de unos cuantos kilos legando atuendos a mis padres, probablemente los mismos que gané yo después de dos semanas de asados, comilonas y botellas de vino de Mendoza Malbec), y la familia Marlboro fumó su último cigarrillo en silencio antes de despedirse.

“Bueno, dale una hostia a un pingüino de mi parte”, apuntó mi padre; “També pots tornar al maig, eh”, dijo mi madre. Nos abrazamos. Y el silencio dijo el resto.

La luz patagónica nos persigue. Sin demora, pero sin prisa, se despide silenciosamente sobre el lago dejando paso a su compañera nocturna con un solo aviso: ya fue, retírense, mañana más. Y antes de desaparecer por completo, añade: qualsevol nit pot sortir el sol (y nos deja pasmados ante su xarnego acento catalán).  


BSO: “I Am Sailing”, Rod Stewart.

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