Hoy no sé ni por dónde empezar. ¿Por las sensaciones? Vitalidad, energía, e incluso esa palabra tan temida llamada felicidad. Por el momento, me ocuparé solo de Cusco, dejando Chinchero para mañana.

Ayer me desperté temprano, antes de las siete, y pese a no haber descansado bien esa noche -fruto de los nervios, quizá, o de la falta de oxígeno que hay en esta altiva ciudad- decidí levantarme e irme a desayunar al mercado de San Blas. Subiendo unas bonitas escaleras en una calle con un extraño nombre en quechua, algo asi como asnoqooq (el morro dell asno, según averigüé más tarde... mañana mismo voy a por un diccionario quechua-español), y en ese estado de calma que transmite una ciudad a primera hora de la mañana, di con el mercado. Las mujeres, atareadas con los preparativos de la jornada pero sonrientes, canturreaban al tiempo que abrían sus paraditas de comida. ¿Una sopita, ensaladita? preguntan. No, un desayuno, por favor. Jugo de papaya (combinado), café con leche (un enorme vaso de leche y un recipiente minúsculo de café que, pese a parecer imposible, consigue teñir el vaso por completo con unas pocas gotas) y tortilla de queso (esta, sin ninguna sorpresa). Mientras saboreaba tal manjar, apareció Andrés, el hijo de la vendedora, a por un bocata de queso antes de dirigirse sin la menor prisa a la escuela a la que ya llegaba unos veinte minutos tarde.

El resto de la mañana me lo pase deambulando por el barrio de San Blas, llenándose poco a poco de turistas en busca de ponchos multicolores, y por la Plaza de Armas, siempre de una ferviente actividad insaciable -en el caso de ayer, debido, primero, a una comparsa de hombres disfrazados con máscaras y una cerveza en la mano que simulaban beber a cada paso, bailando al ritmo de la orquesta y seguidos de una procesión cargada con la virgen del municipio; segundo, debido a una manifestación organizada por los estudiantes de antropología, que ondeaban una gigantesca bandera al grito de "la cultura no se compra", en contra de la privatización de las ruinas de Cusco.

Por la tarde, se nubló y cayó el frío letal sin previo aviso -aunque aquí lo achacan todo al fenómeno de "el niño"-, por lo que decidí recogerme en el hostal y avanzar con la lectura de los apuntes sobre género de l'Agència Catalana bajo dos mantas viejas que no consiguieron arrancarme el frío del cuerpo.

Hacia el anochecer, me propusieron ir al mirador de San Blas y, pese al frío insistente, acepté: la perspectiva de la ciudad de Cusco con sus múltiples luces compitiendo con el cielo estrellado pudo más que mi improvisado refugio manteril. Al volver, me encontré a los asiduos del hostal en fin de fiesta con un tambor y dos guitarras. Nos echaron de la sala principal y bajamos a la sala alternativa, bajo las escaleras, medio al aire libre con otra manta y un mate -obvio, está lleno de argentinos y todavía no han conseguido explicarme bien el funcionamiento de tan sagrado ritual que me acusan de transgredir continuamente al no acabarme mi turno entero. Relindo, me reflasheo, pero no entendí nada.

Me reí, eso sí: transmiten una filosofía de vida envidiable y contagiosa que espero que puedan mantener largos años. Uno lleva dos años viajando por Sudamérica en bici y editando fanzines ilustrados varios como la Dibucleta; otros dos, también en bici, llevan "solo" siete meses y pretenden llegar a Cuba (no sé cómo) por lo que se pasan las noches bebiendo mate al son de salsa, extraña mezcla. Algunos más, se quedan una temporada en Cusco, absortos por la simplicidad de esta ciudad.

Muchos, se quedan. 
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