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Puestas de sol norteñas o en busca de la identidad chilena

Chile es un país inusual como tal. Extendido a lo largo de la costa pacífica en más de 6.400 km, desde los Andes hasta Tierra del Fuego, parece como si hubiera querido tener un poco de todo y nada al mismo tiempo. Su identidad cultural me confunde. Antigua región del imperio inca, colonizada luego por los españoles, siglos más tarde por los alemanes a petición del propio estado chileno, y amigos de los norteamericanos ahora, no me quedó claro cuál es el lugar de los mapuches en todo esto. A diferencia de los peruanos, cada vez más orgullosos de su pasado inca, reflejado en todos sus highlights turísticos, los chilenos no parecen reivindicar sus orígenes de ningún modo -incluso los oí quejarse repetidas veces de los nativos, reprochando su ineficiencia a la hora de gestionar las distintas reservas naturales, parajes o recursos. Tampoco parecen tener souvenirs típicos de su país, o al menos yo no los vi, y respecto a la comida o bebida nacional, luchan con Perú por la paternidad del ceviche y del pisco, aunque sin clara de huevo -sí es suyo el piscola, cierto, y el terremoto, además de la cazuela y la chorrillana, pero con el asado no pueden competir con los argentinos. No se me malinterprete, adoro este país, continente de una diversidad tal que norte y sur parecen dos lugares completamente dispares (como suele pasar en tantos otros países) y ambos de una belleza deslumbrante, sin duda. Pero, con todo, sigo sin entender qué subyace bajo el carácter sociocultural chileno. “Nosotros lo robamos todo, un poco de aquí, un poco de allá”, me dijo uno riendo cuando intenté salir de mi confusión. Quizá se trate de eso, no lo sé. O quizá tenga que quedarme un poco más en estas tierras para desentrañar el misterio de su identidad.

Llegamos hace unos días al Valle del Elqui, haciendo una escala de treinta segundos en la terminal de buses de la Serena antes de subir al bus que nos llevaría a Pisco Elqui. Pequeño pueblo de 800 habitantes, no nos costó demasiado encontrar alojamiento en un descuidado aunque bonito hostal hippie, el San Pedro, en el cual nos recibió a las ocho de la mañana su bizarro dueño vestido con una túnica roja. Cansados de nuestro viaje nocturno desde Viña del Mar, nos aposentamos en su acogedor jardín soleado junto a la piscina y preparamos nuestro desayuno a base de avena, leche y plátano -según pudimos constatar, última moda entre los franceses mochileros, a quienes rápidamente copiamos y adoptamos la avena matutina cual religión sagrada. Partimos luego siguiendo la carretera que bordea el valle bajo un sol ardiente hacia una destilería de pisco llamada Los Nichos. Producto oficial de la zona, no podíamos perdernos tal evento. Nada más llegar, empezaba el tour, así que lo tomamos. Pese a escuchar atentamente, no puedo recordar los complejos procesos por los que pasa el pisco hasta ser embotellado, más que hierve a 80 grados en vez de a 100 y un par de anécdotas absurdas de la familia productora, en las cavas de la cual se sospecha que viven fantasmas y demás teorías fantásticas. Sí recuerdo la degustación de los tres vasitos que nos dieron al final: el primero, rancio; el segundo, fuerte; el tercero, dulce al fin -claro que se trataba de vino dulce a base de pisco, no del brandy en sí. En fin, yo me quedo con el pisco sour. Tras la degustación y a pleno sol de mediodía, nos negamos a caminar de vuelta al pueblo, por lo que hicimos dedo y tuvimos la suerte de ser transportados por una pick-up.

De Pisco Elqui no destaco mucho más. Descansamos un rato de nuevo en el hostal para constatar en un descuido nuestro que un simpático perro, cachorro, había irrumpido en nuestra habitación (compartida con un escocés de lo más peculiar) para remover nuestras maletas, mordisqueando el cepillo de dientes de Ernest (“a aquest gos li fotré una coça”) y escondiendo en el patio un zapato de Lídia. Tras el gracioso altercado, salimos a tomar nuestro anhelado pisco sour en un bonito bar llamado el Rumor en compañía de Sebas y sus amigos, sin darnos cuenta de que ya era la hora de nuestra programada visita nocturna al observatorio astronómico. Llegamos a tiempo a ver las estrellas, aunque algo borrachos. Una fanática guía chilena nos encerró en el observatorio circular y empezó a contarnos mil historias seductoras sobre nuestra galaxia y otras tantas, señalando a cada vez con un láser verde para comprobar que seguíamos sus explicaciones (aunque Lídia dijo que ella no veía nada verde, que el láser era blanco y de ahí no la movió nadie, ante la sorpresa de nuestra apasionada guía). Fue bonito, pero volvimos muertos al hostal, desplomándonos en las literas nada más llegar.

Si hasta el momento todo nos había salido rodado, como si lo hubiéramos planeado minuciosamente, todo cambió al llegar a la Serena de nuevo. Maldito pueblo sin ningún atractivo turístico (pese a los apreciados esfuerzos del agradable empleado de la oficina de turismo que nos aconsejó tímidamente, consciente, seguro, de la infertilidad de su ciudad), nos vimos forzados a pernoctar en él debido al agotamiento de plazas en cualquier bus dirección norte a causa, todavía, de la concentración de gente por Nochevieja. No nos resignamos: la pateamos entera para confirmar, efectivamente, que no valía nada. Ni siquiera su prometida playa de Guanaquero, a hora y pico del centro, tenía el mínimo interés (aunque a ellos les debía parecer lo más; no sé qué dirían si vieran la Costa Brava...), así que salimos del apuro mientras no partía el próximo bus disponible al día siguiente con placeres sencillos pero efectivos: cervezas y completos en el único bar (universitario) abierto y con ambiente nocturno de la ciudad que por suerte encontramos, y una buena mariscada a mediodía. Consejo de viajeros: nunca paren en la Serena más que de camino a otro lugar -y a poder ser, reserven. Cualquier precaución es poca para no caer en el sereno atolondramiento de dicha ciudad. Aunque, visto con perspectiva, como apuntó Ernest, la Serena fue una transición necesaria para apreciar mejor nuestro viaje entre la excitación veraniega de fin de año en Valparaíso y lo que nos esperaba: el desierto de Atacama.

Tras quince horas de bus en primera fila con vistas a la carretera, llegamos temprano a San Pedro de Atacama, a unos 100 km de la ciudad de Calama. Pese a tomarse como base para visitar los distintos tours de la zona, San Pedro está lleno de vida: puestos de artesanía, restaurantes, mercados, discotecas e incluso karaokes hacen de este pueblo un entretenido centro festivo -de hecho, nos confesaron que solía ser un lugar para el desfase al estilo de los Monegros. Nos instalamos en el hostal IH, en pleno centro, compartiendo literas con un gracioso británico y un alemán que viajaban juntos, además de otro chico cuya identidad nunca se nos reveló y varios gatos callejeros. Contratamos el primer tour para esa misma tarde con el hostal, con el fin de integrarnos con el resto de mochileros, para el Valle de la Luna. Se trata de una depresión de 440 km2 de la Cordillera de la Sal formada por lagos secos con una superficie compuesta de sal y silicatos y circundada por crestas de 500 metros de elevación que le confieren cierto parecido a la Luna -de ahí su nombre. Dunas color café se yerguen entre montes escarpados y tierras cenizas, entre granito y cuarzo, producto de los volcanes circundantes tocando a la frontera boliviana: Licancabur, Lascar y Putana. Nos pareció sublime.

Roberto, nuestro energético guía del día, nos paseó por todo el valle -parando en la Gran Duna o Duna Madre, a la cual es imposible subir, y en Las tres Marías, una formación de piedras erosionadas por la sal y el viento cuya forma recuerda a su religioso referente- acompañando el camino de historias de amoríos entre volcanes, anécdotas varias y bromas a tutti pleni. No nos concretó demasiado, tampoco, el papel de los atacameños (o licanantay, cuya lengua casi extinta es el kunza) en la región, pero nos hizo reír, eso sí. Nos explicó que el desierto de Atacama es uno de los más áridos del planeta y rico en minerales como el cobre (Chile es el mayor productor mundial) y que Gustavo Le Paige, un sacerdote jesuita belga, dedicó su vida a investigar la cultura atacameña, reuniendo una importante colección de piezas arqueológicas hoy juntas en el Museo Arqueológico de San Pedro.

Acabamos el tour con un pequeño accidente escatológico (básicamente, uno de los integrantes del tour casi se caga dentro del bus, tal cual) y con una magnífica puesta de sol, en que se puede observar cómo el Valle va cambiando de aspecto y color, y volvimos pronto al hostal.

Nos quedaba un día completo y dos tours intensivos antes de separar nuestros caminos: Ernest, hacia Iquique, más al norte aún, para volar en parapente; Lídia y yo, hacia el salar de Uyuni, Bolivia. El primero salía a las cuatro de la mañana rumbo a los Geisers del Tatio, los terceros más grandes del mundo (tras Yellowstone y la Reserva natural Kronotski en Rusia, a unos 4.300 metros sobre el nivel del mar (tanto Ernest como Lídia sufrieron las consecuencias del soroche, la segunda teniendo que hacer cama el resto del día, mascando los restos de coca que me sobraron de Perú). En lo alto, el frío resultaba punzante, insoportablemente tedioso si no fuera por los primeros rayos del amanecer iluminando con todo su esplendor las fumarolas de los geisers. Nuestro segundo guía, de quien olvidé el nombre, nos contó que “geiser” significa en su término filipino “agua que brota del suelo”, y que “tatio” es “abuelo que llora” en kunza. También nos clarificó que estos se forman por el contacto entre el agua superficial y rocas calentadas por el magma ubicado subterráneamente, en el que el agua calentada regresa a la superficie a través de rocas porosas, y que las erupciones del Tatio no son de gran altura, con una media de 76 cm. Todavía seducidos por la fuerza de la pachamama, nos llevaron a las termas de Puritana donde desayunamos y nos bañamos entre tantos otros turistas, de los que nos hicimos amigos, rodeados por dicho paisaje. El tour acabó con una visita al pueblo de Machuca, rodeados de vicuñas salvajes, vizcañas y alpacas, desde el que volvimos adormecidos por el vaivén del bus y las horas de sueño acumuladas.

El tour de tarde tampoco dejó nada que desear. Visitamos la Laguna Céjar, una impresionante laguna de agua salada en medio de la nada y cobijada bajo volcanes, sobre la cual vimos volar un flamenco mientras nuestros cuerpos flotaban irremediablemente dejándose llevar por la luz de media tarde. Seguimos hacia los Ojos del Salar, dos pozos de agua dulce esta vez, para acabar en la laguna Tebinquinche hacia el atardecer. Preciosa caminata por entre las grietas deslumbrantemente blancas que forma la sal en pleno desierto (“però a mi que no m’enganyin, el desert més sec del món? Si està ple d’aigua!”), culminada en una intensa puesta de sol de mil colores junto a un aperitivo y unos cuantos pisco sours cortesía de la agencia. Brillante. Como dijimos, no siempre se ve en un mismo día la salida y la puesta del sol. Y menos en Chile. Pero así fue. Y siempre tienen algo de mágico… será que uno se siente por breves momentos en armonía con el universo, cual hipnotizados por el movimiento rotatorio de la Tierra. O será el pisco este y derivados, quién sabe.

Lo cierto es que volvimos de nuevo al hostal en paz y sin ningún otro propósito para el día más que dormir plácidamente, contentos, antes de nuestra despedida de tierras chilenas.


Pasé casi un mes en Chile. Con distintos amigos. De la capital al sur y del sur al norte. Con nuevas personas que se cruzan por el camino, unas más especiales, otras más pasajeras. Con momentos de euforia y otros de calma. Con muchas horas de bus y otras de descanso. Con cielos estrellados y puestas de sol. No sé si entendí bien este estrecho país abierto de miras e introvertido al mismo tiempo, pero sé, como parece que me suceda en cada país de esta Latinoamérica querida, que me quedan pendientes muchas cosas por ver, por comprender. Una vez más, volveré, (mo)chileando mientras se pueda, en busca de la identidad mapuche o en busca de otra puesta de sol que me recuerde por qué estoy aquí, viviendo mágicamente el momento, consciente de que no será siempre así.
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