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Solo se conoce lo que uno domestica

“On ne connaît que les choses que l’on apprivoise.

Tu deviens responsable de ce que tu as apprivoisé.” *

Le Petit Prince, Saint-Exupéry

Parece que todas las ciudades me despiden con lluvia. Salvador no quiere ser menos, y pese a mi extraña relación con ella, ha decidido preservar dicho ritual malbaratando el último día de playa. Quizá es un modo impuesto de hacerme valorar cada experiencia antes de partir, no lo sé. “¿Sabes esa sensación en la que centenares de imágenes te pasan por delante como si fuera algo próximo a la muerte?”, me dijo ayer un francés con los ojos desbocados (tras quince meses de viaje, tenía hoy su vuelo de vuelta a Francia -la definitiva, la final, La Vuelta). No, todavía no, imagino. Ayer no llovía, así que le sugerí que pasara la noche solo para masticar la transición. “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado”, le habría dicho el Principito. No sé si me hizo caso.

Mañana salgo para Río de Janeiro después de tres semanas en Salvador. Por primera vez en el viaje, dejando de lado Cusco, pasé varias noches seguidas en un mismo lugar, sin prisas. Y sin embargo, tengo la impresión de no haber llegado a conocerlo del todo. Bahía es un estado brasileño de unos 900km de costa al norte del país. Además de su capital y obviamente, del Carnaval (“a maior festa do mundo”), conocí los pequeños pueblos coloniales de Cachoeira y Sao Félix -caracterizados por su tradición maderera y por ser cuna del candomblé y unidos por el imponente puente que cruza el río Paraguazú- y la impresionante reserva natural Chapada Diamantina.

De la capital, me quedo con sus playas y con Pelourinho, el barrio histórico de la ciudad. De arquitectura típicamente colonial adornada con sus coloridas fachadas e iglesias barrocas, Pelourinho debe su nombre a la antigua picota o columna sobre la que se condenaba a muerte a los delincuentes. Pese a lo turístico del barrio (incluso tiene un balcón sobre el que te puedes subir a tomarte una foto con una estatua de Michael Jackson con la camiseta del movimiento musical afrobrasileño Olodum en homenaje a su videoclip “They Don’t Care About Us”), resulta encantador: sinuosas calles te conducen cuesta arriba y abajo entre bonitas plazas, paraditas de artesanía, museos y catedrales, además de atractivos turísticos como la Casa de Jorge Amado (novelista conocido internacionalmente, pese a ser desconocido para mí todavía) o el elevador Lacerda (que te permite descender hasta el Mercado Modelo) -tour por el que nos llevó de la mano Paulo, un amigo bahiano de Lara. Al final no pude ir a la Igreja do Bonfim -es allí donde se distribuyen las famosas Fitinhas de Bonfim o pulseritas de colores en las que cada uno de los tres nudos realizados simboliza un deseo, los cuales se cumplen al deshacerse el nudo-, pero de todos modos hace dos años que tengo una de sus pulseras y no hay forma de desprenderse de ella. Ni siquiera recuerdo ya qué pedí.

La Chapada Diamantina fue otra historia. Salí un sábado en un bus nocturno desde la Rodoviária de Salvador al pequeño pueblo de Lençóis para encontrarme con Marquinhos, el guía brasileño contacto de Pablo que me conduciría durante cuatro días de trekking por las inmensidades de dicha reserva. Tras recibirme a las cuatro y media de la mañana y llevarme a dormir unas tres horas más, Marquinhos me subió en el coche de Gabi y Jay, una simpática pareja de Sao Paulo (la una hiper extrovertida y graciosa, el otro de aires solitarios pero muy agradable) con los que compartiría los próximos días. En el asiento trasero se encontraban Sarah y Marie, dos enérgicas estudiantes de medicina de Frankfurt, amantes de la salsa, el forro y demás, de apariencia inquietantemente similar (rubias, cinta en el pelo, camisetas y shorts deportivos y perfectamente atléticas y alegres) y obsesionadas por igual (casi a modo de competición) por las lenguas, ya fuera portugués, español o francés, hasta el punto de cargar con un diccionario arriba y abajo durante todo el trekking absorbiendo palabras sin cesar. En el segundo coche, se encontraban cuatro franceses de Normandía: Arthur, con su incesante sentido del humor y su lema “la vida es un gran teatro en el que solo nos queda actuar”; Pierre, quien decidió dar la vuelta a Sudamérica tras su estancia en China y convenció al primero para acompañarle; Maxime, dentista observador y dispuesto a sorprenderse por todo (sobre todo por la cachaça local) en su visita a Brasil junto a Charles, el más reflexivo quizá, aislándose contento con su música durante las largas caminatas por el parque; los cuatro, amigos de toda la vida y, como les dije, tan envidiablemente diferentes y parecidos al mismo tiempo. Una vez más, un bonito grupo de viaje.

Tras una primera caminata cargando nuestras mochilas (la mía, ridícula en comparación), llegamos a la acogedora casa que conformaría nuestra base de partida hacia las distintas excursiones por el Vale do Pati. Dicho valle es considerado uno de los mejores trekkings del Brasil, en el que se recorren travesías por Gerais do Rio Preto, Mirante do Pati, Cachoeira (catarata) dos Funis, Morro do Castelo, Gruta do Morro do Castelo, Poçao, etc. Las rutinas se establecieron rápida y agradablemente, como si de unas colonias escolares se trataran: excelente desayuno de la mano de nuestro guía, todo el día de agradable e intensa caminata bajo un sol radiante, parando para el picnic del almuerzo en ríos o cascadas, vuelta a casa, cerveza y cigarro, turno de duchas, riquísima cena de Marquinhos y sobremesa de cachaça, cortesía de los frenchies, música, con la melódica de Gabi y los tambores y guitarra de los trabajadores de la posada, eventual ronda de masajes iniciada por la entrañable Sarah, y hoguera final a la luz de las estrellas -acompañada de la lectura en voz alta e interpretación de distintos pasajes del Principito por parte de Arthur. Masa. Plácidamente genial.

Brasil no es como el resto de Sudamérica. Mi experiencia tampoco: oscurece pronto y no conviene salir sola ni llevar nada importante encima; mi capacidad comunicativa en portugués (aunque mejoró) ha pasado de nula a limitada, pero consigo hacerme entender ya; y el Carnaval subvertió el ritmo habitual de las cosas desde que llegué hasta casi dos semanas después, por lo que me costó entender la idiosincrasia brasileña hasta el día de hoy. Mi primer contacto con Brasil me desconcertó. Quizá no me haya acostumbrado todavía a este país, o quizá no lo conozca todavía. Y “solo se conoce lo que uno domestica”, dijo el Principito.

*Pueden encontrar el pasaje completo, capítulo 21 de El Principito, en versión original aquí:

http://actumonc.free.fr/livres/princerenard.htm

y en castellano aquí:

http://microtop.ca/lepetitprince/capitulo21.html

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