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Tik-i-(t)caca
o para qué andar descalza
sin rumbo

Qué bonito es viajar. Pero sobre todo, qué bonito es tener amigos por el mundo, aunque suene a tópico. Y la incertidumbre de cuándo y dónde te los volverás a encontrar. Y la certeza de que tú habrás cambiado, y ellos habrán cambiado, pero lo esencial seguirá ahí, anclándonos en el tiempo.


Ximena llegó el viernes de México, tras una escala nocturna en Lima, cobijada por su manta de lana y con apenas una hora de sueño. La fui a buscar en el colectivo “Liebre” que sale de la plaza San Francisco dando mil y un rodeos hasta llegar por 70 centavos (en lugar de los 15 soles del taxi) al aeropuerto de Cusco. Me estaba esperando, para mi sorpresa, al más puro estilo mochilero: una gran mochila a sus espaldas y otra más pequeña delante (parece que, al fin, dejó de lado su perfil de -como dice ella- tercermundista pija y comprendió que es más práctico viajar sin una enorme maleta). Pese al cansancio, se veía como siempre: sonriente, brillante y con ese humor que la caracteriza. Ah, y con unos zapatos decorados con pegatinas Disney, también.


Desayunamos en casa los tamales que nos trajo J. (¡nunca me canso de ellos!) y salimos a deambular por la ciudad. Cusco no le impresionó, al contrario que a mí: según ella, le recuerda mucho a México. A veces se me olvida que no es europea, y menos, catalana, aunque nos conoce bien (“Vale, hostia puta, tía, que sí, las conozco hace diez años pero no sé quién es Mariona, no puedo saberlo todo, no fotis”). Compramos el boleto religioso por 15 soles (¡vivan los estudiantes!) y visitamos la Catedral de la Plaza de Armas, anexionada al Templo del Triunfo y al de la Sagrada Familia. La Catedral fue construida a finales del siglo XVI, inicios del XVII, de claro estilo barroco, sobre el antiguo Palacio del Inca Wiracocha, el Suntur Wasi, aprovechando bloques de granito rojo tomados de la fortaleza de Saqsayhuamán. Nunca he sido devota de iglesias ni de catedrales, pero merece la pena observar sus altares de madera tallada, sus lienzos de la Escuela cuzqueña (además del cuadro de La última cena con un cuy en el centro, una muestra más del sincretismo religioso de esta ciudad que no deja de sorprenderme, como si los catalanes, por decir, representáramos tal escena con Jesús con un babero comiendo calçots… raro, ¿no?) y el sótano donde se albergan las cenizas del inca Garcilaso de la Vega.


Seguimos hacia el Museo Arzobispal, también construido sobre los muros de un palacio Inca, esta vez del llamado Roca, en una bonita casa con patio central típicamente colonial de reminiscencias árabes que expone una colección de cuadros de arte religioso. Luego subimos la Cuesta de San Blas para visitar el Templo del barrio artístico de Cusco -dicen que el más antiguo de la ciudad- en la plazoleta del cual nos encontramos con una bonita feria artesanal. Xime se mimetizó con un banco de la plaza, de lo cansada que andaba, por lo que, tras no encontrar el camino propuesto por el boleto para llegar al último punto (el Templo de San Cristóbal), decidimos ir a comer un menú de cuatro soles (un euro con 14 céntimos aproximadamente) en el mercado de San Blas.


Planificamos su visita a Machu Picchu para el día siguiente con los tours de 80$ “by car” de Let’s go Bananas (de ninguna manera quería ella caminar las ocho horas, así que aceptó, aunque reticente -ella insistía en tomar el nostálgico pero abusivo tren de 150$-, la ruta de seis horas de coche hasta Hidroeléctrica, seguidas de tres horas a pie hasta Aguascalientes, que aguantó perfectamente pese a decidir volverse en tren, terca ella, pero satisfecha) y me acompañó a una de mis visitas del proyecto a una comunidad de mujeres cerca de Urubamba, en Urquillos. El viaje en colectivo hasta Urubamba, postergado hasta que se llenara el coche al son de “¡Urubamba-bamba-bamba-bambaaa, unito nomás falta, señu, suba!” (hasta me uní esta vez yo al coro para salir antes), se nos amenizó con videoclips de cumbia y huayno. El sobreexplotado género de la sierra peruana sobre desamores y sufrimientos resulta ser la banda sonora de cualquier medio de transporte, negocio o espacio público de la región, y puede inducir inevitablemente a la depresión, si uno no se lo toma a la ligera (Key words: enamorar-dejar-abandonar-sufrir-por qué-penas-cerveza-emborrachar-olvidar-esssoo-desde Perú para Bolivia, Chile, Venezuela-manos arriba). Nunca lo entendí, y Ximena, menos, por lo que se durmió todo el trayecto mascando coca, a la vez para evitar ser testigo de los serpentuosos adelantamientos de nuestro conductor despechado en lo que ella llamó “la carretera de la muerte”. Llevo dos meses haciendo ese trayecto a diario, ya nada me parece raro, ni siquiera que el conductor no tenga licencia.


Llegamos a Urquillos, bonito pueblo sumido entre las montañas andinas, para visitar a un grupo de mujeres dedicadas a la crianza de pollos. Quedaban solo cuatro de la veintena que habían sido. Al parecer, la mayoría de socias habían desistido por el camino, llevándose parte del dinero recaudado y sin contribuir a devolver la deuda del banco. Pero las cuatro seguían, firmes y unidas. Ximena me dijo que le parecía admirable lo que había hecho, lo que hacía (dejarlo todo, venirme sola, ayudar a las mujeres, viajar). Yo le dije que no me lo parecía, que a veces uno no tiene otra que cambiar el rumbo cuando lo siente; el cómo, dónde y para qué vienen luego. Volvimos a casa y cenamos con dos amigos. Xime se acostó pronto para prepararse para su ascenso a una de las nuevas siete maravillas del mundo.

El fin de semana fue extraño: trabajé en casa y visité otra comunidad de mujeres tejedoras en Huilloq, muy bonita, y el mercado de Tupac Amaru de las mujeres de Cusco, mientras Ximena hacía su visita. Pese a haberla tenido solo un día en casa, la eché de menos. La fui a buscar a su vuelta el domingo, cenamos y me contó sus peripecias, ya mucho más despierta y excitada, aunque agotada al mismo tiempo. Me gustó escucharla. Sigue conservando esa energía contagiosa que la conduce por una vida apasionada.

A las cuatro de la mañana salimos para nuestro próximo destino, esta vez juntas: el lago Titicaca. Esto ya parecía una maratón, solo que sin ninguna prisa por llegar a la meta. Cogimos un taxi nocturno hasta la Terminal terrestre de donde salen los colectivos para Puno por 20 soles para ocho horas de trayecto y, como llegamos justas de tiempo, nos precipitamos al bus sin pagar uno de los boletos: nos hicieron un apreciado 2x1. J. decidió acompañarnos en el último momento, sin equipaje alguno. Parece ser mi más fiel compañero de viajes por tierras peruanas. También lo echaré de menos.


El viaje se hizo pesado: la bso cortavenas resultó insoportable y no cesó ni un minuto; el bus paró brevemente en Sicuani y algún otro pueblo, sin dejarme apenas el tiempo de fumar un cigarrillo (“¡cómo se nota que ustedes no fuman, llevo seis horas sin poder encender ni un cigarro!”, dije yo; “Y a mí qué”, respondió el conductor) hasta llegar a Juliaca, ciudad de comerciantes y contrabandistas, y finalizar el itinerario en Puno. Al llegar, no sabíamos si irnos a emborrachar para ahogar las penas o subir las manos y echarnos a bailar, producto de la confusión del viaje. Por suerte, apareció en la estación un hombre cazaturistas con todo planeado de antemano: hostal, salida a las islas de los Uros, visita guiada, todo incluido. Aceptamos. A las cuatro de la tarde subíamos al bote camino a los Uros acompañados de unas polacas, una vasca, unas limeñas y un guía bilingüe de acento dudoso (“They speak spanitsch and aimara”, “for guach de clodes”, “they were maken”) que nos advirtió de que los aimaras nos recibirían con un cálido “kamisaraki” (“bienvenidos”) a lo que debíamos responder “waliki” -e incluso nos hizo ensayar. También aprovechó la hora de viaje para contarnos que las islas flotantes de los Uros, situadas en pleno lago Titicaca, son islas artificiales hechas de totora, una hierba que crece en la superficie del lago. La construcción de las islas dura un año y se hace tejiendo las totoras en las zonas donde crece más densa, formando una capa natural llamada “khili” que renuevan constantemente, y sobre la que edifican sus viviendas de malla tejida de totora. Anclan las islas con palos y cuerdas en el lago “para no desplazarse hasta Bolivia, ya que no tenemos pasaporte” -nos dijo el presidente, mientras nos hacía una representación en miniatura con una maqueta y muñequitos (entre los que se incluía la figura del turista) al llegar a la isla.


El término “uros” proviene del aimara “qhana uru”, “día claro”. Existen 87 islas uros, y en cada una hay unas pocas familias, en la que visitamos exactamente cuatro, encabezadas por un presidente cada una. Los uros se casan en edad temprana -cuando les dijimos que ya íbamos por los treinta y no nos habíamos casado, se sorprendieron, a lo cual nosotras patentamos una broma interna de pésimo nivel que no creo que llegaran a apreciar pero que quedará en el recuerdo (“tik-i-(t)caca, tik-i-(t)caca, corre el tiempo, ¿qué uro es?”). La subsistencia de los uros se basa en la pesca, pero sobre todo en el turismo, como pudimos comprobar, cocinan al aire libre para evitar incendios y cogen el bote para ir a islas vecinas, practicar el trueque, comprar provisiones los sábados en Puno o atender partos o enfermedades graves en Puno (sí disponen de un doctor y una escuela primaria en sus islas). Comen un extremo de las cañas con las que construyen, y así lo degustamos, a la que llaman el “plátano de la isla”. Construyen sus botes con los mismos materiales de la isla, de menor a mayor nivel (de “taxi” a “Mercedes Benz”, según el gracioso presi). Una vez terminada la demostración de bienvenida, los uros nos cogieron de la mano para mostrarnos sus viviendas y dar una vuelta por la pequeña isla y comprar, si fuera pertinente, algún que otro souvenir. Luego nos invitaron, por diez soles más cada uno, a tomar el “Mercedes Benz” hasta la isla Capital, tras despedirnos las mujeres con canciones tradicionales en aimara, castellano e inglés, y obsequiarnos con un bonus track: el célebre “Vamos a la playa, oh oh ohoho”.

Pese a lo obsesivamente turístico, y aunque una vez más no me dejaron fumar en ningún momento (“¡el combostibile, señorita!”), las islas de los Uros, navegando el Titicaca a la luz del atardecer, nos parecieron bonitas.


Nos quedaba solo un día y muchas cosas por hacer, antes de volver a Cusco para que Ximena tuviera un día de descanso para tomar su vuelo de regreso. Tuvimos que abandonar la idea de llegar hasta Copacabana, frontera boliviana, en tres horas más de viaje para ver la Isla del Sol, así que nos conformamos con visitar Taquile (o Tequila) al día siguiente.

El lago Titicaca tiene una longitud de 204 km repartidos entre Perú y Bolivia y una superficie de 8.562 km2, a 3.812 msnm. Es el lago navegable más alto del mundo y contiene varias islas, entre ellas, Taquile. Dicen que estas tienen forma de puma cazando a un conejo (en Perú, todo va de pumas: representan el centro de la cosmovisión andina, rodeado en el nivel superior por el cóndor y en el inferior por la serpiente; “Titicaca” significa monte de puma o puma de piedra). Taquile se encuentra a 45 km de Puno, a unas tres horas en bote, y casi 4.000 msnm. No nos dejaron llegar a ella sin pasar de nuevo por los Uros, así que repetimos el ritual turístico por la mañana exactamente igual que el día anterior, solo que en una isla mucho más austera -lo que confirma mi teoría de la turistontología, expuesta en unos posts anteriores. Por la tarde, llegamos a Taquile recibidos por un gran cartel que prohibía dar caramelos a los niños, cual si de animales se tratara (y eso que en el puerto nos los habían vendido para ese propósito). Pasamos unas horas recorriéndonos la isla de manos del guía, bajo un calor aplastante del que aún sufrimos las quemaduras, y regresamos aposentados en lo alto del bote, tomando el sol directos a Puno de nuevo. Bonita también, me recordó a las islas mediterránea, aunque, según J., “es que a ti, después de las aventuras por la selva, ya nada te sorprende”.

El mismo día regresamos a Cusco, llegando a las tres de la mañana, con piedad del señor conductor que decidió apagar las luces y la radio para dejarnos dormir.


El último día acompañé a Ximena al tour del Valle Sagrado, para dar fin a nuestra maratón semanal peruana. Acabé muerta. Ella, contenta, creo. J. se despidió de ella de un modo triste, tierno. Qué bonito es, también, ver crear lazos entre amigos distintos.


Hoy se ha ido en el avión de las siete. Una semana me ha sabido a poco, y noto su vacío, esperando que salga del baño cantando, riendo o con alguna de sus historias locas y apasionadas con las que sedució mi amistad hace casi diez años, hasta hoy día. Igual que cuando se fue finalizado el primer semestre en UCSB, California, y nos dejó a Elia, Maho, Alejandro y tantos otros más esperando que apareciera de nuevo por la ventana del apartamento 107 de la residencia de estudiantes Santa Ynez, en El Colegio Road. Para recogerla vomitando en la cocina de una fiesta en una casa a primera linea de mar o para disfrazarnos de Peter Pan y Abeja reina en el famoso y grotesco Halloween de IV. Para compartir horas de trabajo en la cocina del UCen pelando patatas y haciendo ensaladas o para pasar noches en vela estudiando en la planta cuarta de la UCSB Library. Para viajar en coche por la 101 hasta San Francisco o para saltar la valla de la piscina de nuestro modesto hotel en Las Vegas a altas horas de la madrugada y hacernos masajes en el agua. Para reencontrarnos en París o en Barcelona o en Tokio.


O, quién sabe, quizá para invitarnos a su boda a lo grande en D.F. o en las islas Margarita (“en la tuya no será, ya sé que tú no te quieres casar”) o para regresar todos juntos, de nuevo, a California después de diez años. Porque para qué andar descalza sin rumbo si se puede subir y bajar, para ser, para estar, para echar a volar y soltar las amarras, si sabes que si quieres te sobran las alas… y seguimos siendo los mismos.

BSO: “Para nada”, Rosana; “Si te vas qué haré”, El lobo y la sociedad privada.
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