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Últimos días en Cusco (II):
no se trata solo de olvidar

Los últimos días en Cusco pasaron rápidos. No tuve tiempo de despedirme. Creo que la ciudad tampoco quiso darme la oportunidad -como si de pronto sacara el orgullo que lleva dentro, o como si supiera que debo volver pronto, y por tanto, no hubiera opción a decir adiós.

El fin de semana visitamos todas las comunidades que he conocido estos últimos meses, para mostrárselas a Mariona, y para despedirnos igual. El Valle Sagrado se nos mostró reluciente, poniendo su mejor cara, casi posando. La carretera de Cusco a Urubamba y la vuelta pasando por Calca y Pisac me parecieron tan lindas como la primera vez que las recorrí en el colectivo que sale de la Avenida Grau. Tonos marrones con verdes y azules maquillados por un lápiz soleado.

Las mujeres de Cuper nos recibieron con los brazos abiertos. Se pusieron sus mejores galas y nos llevaron a la orilla de la laguna Piuray, mientras se aposentaban a tejer con ese plácido azul de fondo y nosotras entrevistábamos a su presidenta. Esta me pidió que le hiciera una cuenta email, y que iría a verificarla en Chinchero.”No te olvides, Alisha”, me dijeron, antes de despedirse. ¿Cómo olvidarse de sus cándidas sonrisas y su quechuahablante desparpajo?

Seguimos hacia los huertos ecológicos de Urubamba. Nos estaban esperando con un idílico manjar en un entorno precioso. La presidenta no pudo venir. El resto dio lo mejor para estar a la altura: nos mostraron sus fresas, sus limones, lechugas, papas... Abraham, un hombre mayor muy divertido, seguía haciéndome bromas en quechua. Siempre fue mi preferido: me recuerda a mi abuelo. Son un grupo entrañable, divertido. Llegarán lejos.

Luego pasamos a Urquillos. Llegamos un poco tarde, nos costó encontrar de nuevo la casa de Marina -la ultima vez llovía tanto que el contraste con el día soleado me confundió. Urquillos estaba precioso. Nos mostraron sus pollitos. Las entrevistamos. Nos despedimos.

La última parada del día fue Cusco, el mercado. Elisabet nos guió por todas sus paraditas expuestas con esmero. Nos regaló una bandana de lana de muchos colores como agradecimiento. Le prometimos que seguiríamos en contacto. Sonrió.

Llegamos exhaustas a casa, pero satisfechas, con esa paz interior que desprende el Valle de sinuosas curvas deslumbrantes a cada paso.

El domingo nos levantamos temprano para ir a Huilloq, pasando por Ollantaytambo, en lo alto del cerro. Las mujeres de Huilloq son las más tradicionales, me atrevería a decir. Conservan un modo de hacer y de hablar distinto al resto de grupos. Los niños corretean, sucios pero alegres, entre los campos que rodean sus casas. Se empujan y caen. Ríen. Ellas nos recibieron con cuy con choclo en su aposento habilitado para recibir turismo vivencial. Nos quedamos un rato, conversamos con ellas. Cuando nos dispusimos a irnos, aparecieron otras mujeres de otras asociaciones, rogándonos que fuéramos a visitar también sus locales. Fuimos. También necesitan apoyo, claro. No sé si podremos con todo, ni siquiera sé si podremos. Volvimos a Ollanta en la parte trasera de un camión, junto a tres mujeres que bajaban a comprar provisiones.

Tomamos otro colectivo a Urubamba, y de allí a Pisac, y de allí al ramal donde nos vendría a buscar el alcalde de Taray para llevarnos a Llaquepata. Era nuestra última parada. El viaje fue pesado, muchas horas, y el cansancio del cuerpo se dejaba entrever. Nos volvieron a recibir con confetti en la cabeza, y con otro cuy. Tomaron la palabra. Les prometimos hacer lo que pudiéramos para ayudar, como al resto de grupos, y volvimos a Cusco, cansadas y con cierta tristeza de partir sin saber seguro si obtendremos financiación para el proyecto. No se olviden. Pero a veces no se trata solo de olvidar.

El lunes era mi último día en Cusco. Tras recoger mi habitación y empacar lo que había acumulado hasta entonces en mi mochila, salimos una vez más a pasear al anochecer por la Plaza de Armas, la Plaza Regocijos y San Francisco, San Pedro, San Blas… La ciudad se vistió de gala, como las mujeres, adornada con las primeras luces de Navidad. Se lo agradecí, aunque me sentía demasiado cansada para apreciarlo. Quizá ya no era solo físico.

Mariona y yo tomamos el vuelo a Lima a las seis de la mañana. Antes de cerrar el portón tras de mí, eché un último vistazo a lo que había sido mi vivienda esos meses. No pude evitar sentir cierta nostalgia, unida a un sentimiento parecido al remordimiento.

Lima es un monstruo de ciudad. Con más de siete millones de habitantes, se alza a orillas del Pacífico, inicialmente fundada sobre el valle del río Rímac, y ahora extendida sobre extensas zonas desérticas. Llegamos muy temprano y fuimos directas al barrio de Miraflores, exclusivamente residencial, en el hostal La Casa del Mochilero. Se trataba de un día feriado, como en España, por lo que las calles no andaban tan ajetreadas como suele pasar en la capital. Nos recibió una mujer vestida de monja y un hombre joven que había vivido en París y en Barcelona. Nos dijeron que el centro de Lima era muy peligroso: no deben llevar nada encima, todo lo roban, llévense nomás lo imprescindible en un bolsillo interior. Nos metieron el miedo en el cuerpo nada más llegar. Para más inri, se fue la luz en todo el barrio, como nos comunicó la monja (nunca lo entendimos) que llevaba el hostal, y volvería a la noche, con suerte. Nos llegaron voces de que había Wifi en Starbucks -oh, todopoderoso- y fuimos, pero no acababa de funcionar tampoco. Desistimos, comimos en el mercado de Miraflores, entre el bullicio de las dependientas atrayendo clientes al grito de “chino”, y luego nos echamos a dormir toda la tarde en el hostal.

El día siguiente se despertó soleado, fenómeno raro en Lima, según dicen. A las seis de la mañana ya estaba de pie, quizá nerviosa por lo fugaz de los acontecimientos. Estuve charlando con algunos mochileros, brasileños, americanos, polacos… Siempre me gustó la mezcla que se produce en tales hostales. Cuando Mariona despertó, nos fuimos a la oficina de la AECID, del ministerio de cooperación español en Lima, donde teníamos cita previa con la representante de ONGs. Nos escuchó amablemente y nos explicó cómo funcionan en Perú. No nos dió la impresión que le interesara demasiado nuestro proyecto, al fin y al cabo, somos una asociación pequeña, pero no está de más que sepa que estamos aquí, quién sabe.

Tras la reunión, decidimos aprovechar el bonito dia e ir a pasear por el malecón hasta el barrio de Barranco, bordeando la costa pacífica. Nos resultó muy agradable, pese a lo largo del camino. El paseo dispone de pista de bicis, cuidados jardines y esculturas (“El beso”, de Víctor Delfín), además de una zona literaria con citas célebres de escritores peruanos en un entorno a lo mismísimo Gaudí. Comimos un menú por el camino y llegamos por fin a destino. En sus inicios, el barrio de Barranco fue un balneario para los veraneantes limeños de clase alta. Ahora se trata del barrio bohemio de la ciudad. Entre casas coloridas, Chevrolets antiguos, bares de copas, parques arreglados e iglesias, los padres pasean plácidamente con sus niños y perros, helado en mano. El Puente de los Suspiros es uno de los rincones más bonitos -y en esta ocasión, estaba decorado con enormes animales como parte de un proyecto de arquitectura efímera. Comimos un helado (como parte de la integración al barrio). Fumamos. Barranco nos sedujo con disimulo, y creo que hasta apaciguó nuestro estado de ánimo, tan exaltado hasta entonces. Volvimos al hostal en taxi para reposar un poco antes de salir a cenar. Nos recomendaron una pizzería,”la mejor de Miraflores”, pero se olvidaron de darnos el nombre. Acabamos en un Papa Johns, caro, solas, sin agua ni cerveza y compartiendo una pizza mediocre iluminadas por esa exagerada luz fastfoodera. Más nos valía haber ido a Barranco. Por suerte, nos llamó un chico del hostal, citándonos en Bizarro. Dimos las mil y una vueltas para encontrar dicha calle, sin éxito. Al fin, descubrimos que se trataba del nombre de un local y fuimos avenida José Pardo arriba. Nos pusieron unas pulseras y entramos gratis, con chilcano (un cóctel a base de pisco, jugo de limón y soda) incluido. La música no valía nada. Salimos a fumar y ya no volvimos. La noche fue de lo más extraña, pero reímos mucho, eso sí.

Nos quedaba un día en Lima. Nos levantamos sin prisas, todavía adoloridas de la caminata del día anterior, y ambas coincidimos en que queríamos ir a visitar el centro, sí, pero tras comer comida china en el parque junto al óvalo Kennedy. Casi nos quedamos sin, acorraladas por decenas de gatos escuálidos, ávidos de comida e incluso insolentes. Luego nos recostamos en el césped, charlando animadas, contentas -solo interrumpidas por el guardia que nos comunicó la prohibición de estirarse en el preciado césped. Nos quedamos un rato más intentando hacer estiramientos y posturas de yoga sin llegar a tocar nunca el suelo con la espalda, no fuera a ser que nos multaran. Tras tomar un espresso, cogimos al fin un taxi al centro. No eran ni las cuatro pero la ruta estaba bien congestionada. Además, las distancias en la capital resultan inalcanzables. Nos depositaron en la Plaza de Armas -otra más para la cole-, también decorada con adornos de Navidad, y deambulamos un rato por el centro. Decidimos no visitar ningún museo, hacía demasiado buen día, pero topamos por casualidad con la Casa de la Literatura Peruana donde había una nueva exposición permanente, “Intensidad y altura” (basada en crear un vínculo entre la construcción de la identidad y la literatura peruana, muy bien pensada y expuesta, un 10), y una (“Todo, menos morir”) dedicada especialmente a Martín Adán, escritor peruano vanguardista. Ya me había encontrado con un par de citas suyas en el malecón el día anterior y me causó curiosidad pero tras la exposición, supe que debía leer a ese tipo (su obra maestra, La casa de cartón, de 1928, apuntada en la lista pendiente). Me encantaron ambas exposiciones y anoté el canon de literatura peruana, entre los que se cuenta con (además de Vargas Llosa y César Vallejo, obvio) Manuel Scorza, Cesar Calvo, Ciro Alegría, Nicomedes Santa Cruz, Washington Delgado, Cesareo Martinez, Alfredo Bryce Echenique, Magda Portal, Ricardo Palma, Maria Emilia Cornejo, Mariela Dreyfus, Oswaldo Reinoso, Jorge Pimentel, Jorge Matia Eguren, Carlos Germán Belli y tantos otros cuyos nombres no apunté. Dudo que me dé tiempo nunca a leer la mitad de ellos, pero no está de más tenerlos presentes. “Solo nos resta decirle al mundo que nos conjugaremos en ese verbo”. En definitiva, me encantó.

Volvimos, no sin dificultades debido a la hora punta limeña, al hostal para ducharnos y preparar la maleta antes de nuestra última noche en la ciudad. Nos debíamos un ceviche (nunca descubrimos si se escribe con b o con v, parece que no lo saben ni ellos mismos pese a ser el plato estrella del país) y un último pisco sour. La cena, en La Casa del Ceviche, estuvo bien. Nos despedimos de Miraflores y caímos rendidas en la cama.

Me quedé con ganas de volver a Lima. Nos advirtieron repetidas veces de que nos decepcionaría como ciudad, pero la verdad es que nos gustó, mucho. Nada que ver con Cusco, eso sí. Lima se aparece como si de su hermana mayor se tratara, más grande, más altiva y con más clase que la pequeña cusqueña. Sus habitantes lo saben, se visten a la europea y lucen más esbeltos, más coquetos, más de todo. Aun así, prefiero Cusco. Espero que, en el fondo, lo sepa.

Me espera una nueva etapa: se acabó mi parte del proyecto, empieza el turismo, se acabó la tranquilidad de una estancia estable, empieza la promiscuidad de las vueltas mochileras.

No te olvides, Alisha. No se trata solo de olvidar.

*Pueden consultar la web de presentación del proyecto en: www.mamascooperacion.weebly.com

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