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Una vuelta más:
Santiago de Chile

El comienzo de mis vueltas por tierras sudamericanas -o, podríamos decir, metavueltas, ya que no terminan siendo más que vueltas dentro de otra gran vuelta- fue un tanto accidentado. Tanto tiempo sin salir de un mismo país, una ya había olvidado los pesados trámites que comporta el paso por un aeropuerto.

Me explico. Si leyeron mi primer post, sabrán que en el aeropuerto del Prat tuve que comprar un billete de Lima a Santiago para que me dejaran embarcar hacia Perú con una fecha de salida preestablecida, y bien, compré este preciso vuelo que me trajo hoy a Chile. Lo que no sabía (y no me advirtieron, lo juro, por ninguna parte) es que la compañía con la que lo compré y con la que crucé el charco a finales de septiembre, Air Europa, no sería la misma que me llevaría a Chile, pese a que sí fue la misma que me cobró el pasaje. Pues ahí me tienen, yo, llegando con más de dos horas de antelación al grisáceo aeropuerto limeño, recién salida de la cama del hostal, para hacer más de una hora de cola en el stand de dicha compañía junto a señoras cargadas de maletones con destino a Europa que no entendían por qué a las ocho menos cuarto de la mañana todavía no les dejaban facturar cuando su vuelo era a las once. Yo, que mi vuelo era a las nueve y diez, empecé a angustiarme, y con razón. Me dejaron pasar adelante y la señorita me explicó extrañada que no existía mi vuelo, hasta que a otra se le ocurrió oportunamente que debía ser un vuelo de la compañía Sky, aunque no hubiera mención alguna de ello en mi reserva. Resultado: tuve que correr, una vez más, para facturar en otro stand en el que fui la última y apresurarme a pasar los controles de seguridad hasta la zona de embarque. No hay forma de ir una tranquila, vaya, pero al final, todo sale bien.

En fin, llegué a Santiago de Chile hacia las tres de la tarde (después de unas tres horas de viaje, y dos perdidas por el extraño huso horario chileno), compartiendo vuelo con Priscila Rosario, una mujer andina tejedora de la región de Pasco, en el centro del Perú, que subía por primera vez a un avión para ir a visitar a su hijo en Argentina, con escala en Santiago. La pobre mujer, aunque valiente ella, se estremecía cada vez que el avión sufría un ligero movimiento, y escuchaba atentamente las instrucciones de los azafatos de vuelo, a la vez que pedía una y otra vez un refresco distinto a los que pasan con el carrito, con timidez pero satisfecha. Creo que no le disgustó la experiencia, al fin y al cabo, y creo que la ayudé, sintiéndome responsable de ella hasta dejarla en manos de una familia que hacía su misma escala. Por mi parte, conseguí obtener mis primeros pesos chilenos en un cajero del aeropuerto Arturo Merino Benítez y cogí un bus hacia “Pajaritos”, para enlazar con la línea de metro hasta la parada Santa Isabel, donde me había dado cita Laura.

Laura llegó justo en el momento en que depositaba mi mochila en un banco tras subir las escaleras de salida del metro. Llevaba unos shorts blancos y una camisa floreada, totalmente veraniega, y me recibió con una sonrisa y un abrazo. Laura hacía unos diez días que había llegado a Chile como invitada a un festival de arte sonoro llamado Tsonami que tuvo lugar entre Valparaíso y Santiago y en el que participó con su pieza “Sonidos de arrastre”, compartida con Pia, chilena. Se la veía muy contenta. Me acompañó a comer algo y estuvimos charlando un rato hasta poder ir al apartamento que había buscado para mí en casa de unos colegas en el barrio de Providencia. Lucía un sol radiante en Santiago, pero necesitaba reposar un poco y me dormí toda la tarde. Por la noche, fuimos a un concierto de arte sonoro en casa de otros colegas suyos del festival, entre los que una japonesa, un mexicano y un chileno tocaron una pieza haciendo chocar dos lápices cada uno, simultáneamente, contra distintos objetos para producir sonidos. Bebimos unas cuantas cervezas, o schops, como las llaman aquí, y fuimos a dormir.

Al día siguiente decidimos hacer turismo por la ciudad. Santiago de Chile cuenta con unos siete millones de habitantes, parecido a Lima, y pese a no tener muy buena fama, los últimos años ha desarrollado un crecimiento cultural que la hacen tanto o más cosmopolita que cualquier otra urbe. Jóvenes góticos, skaters, modernillos, pijos… si uno se descuida, se creería en el mismo centro de Barcelona, si no fuera por los continuos carteles de atención de tsunamis y seísmos, debido a su peligroso emplazamiento (el último fuerte, recuerdo, el 2010).

Desayuné el famoso completo (un hot dog con harta palta, tomate y carne, coronado con mayonesa) antes de salir para la Plaza de Armas (donde tienen Wifi gratuito), y nos apuntamos al free tour que comenzaba a las 15h de la tarde. Decidimos visitar de mientras el Museo Histórico Nacional, en la misma plaza, aunque nos privaron de sus inicios hasta el s. XVIII debido a obras en la primera planta. Sí pudimos seguir el hilo de los campesinos vagamundos escapando de los españoles, las reformas del general O’Higgins (bajo el cual se declaró la independencia de Chile en 1818), las transformaciones hacia una sociedad republicana de Manuel Montt, el puente entre las élites y las clases populares de Alessandri, la chilenización del cobre de Eduardo Frei, el ideal de revolución democrática de Salvador Allende hasta su suicidio en 1973 y la entrada de Pinochet al poder mediante el golpe de Estado que sumió al país en una dictadura hasta 1989.

Seguimos paseando por el centro de la ciudad, delimitado al norte por el río Mapocho, nos fuimos caminando al mercado central, dividido en varias edificaciones según el producto mayoritario, y comimos un menú y fruta, antes de regresar para empezar el tour. Nos estaba esperando, con una camiseta y gorra rojas, nuestro guía Guillermo, que resultó ser uruguayo, junto a unas portuguesas y otros turistas. Guillermo no gritaba demasiado para ser un guía, se entretenía con cualquier cosa, y caminaba extremadamente lento. Pese a mi recelo inicial, que compartí con Laura diciéndole que nos había tocado un guía muy relajado, finalmente resultó ser de lo más simpático y curioso y nos reímos mucho con él.

Guillermo, pues, nos explicó cómo los españoles siempre fundan las ciudades (esta, concretamente, por Pedro de Valdivia en 1541) a partir de la Plaza de Armas con su catedral, y nos montó su propio tour original con toques propios como la conspiración masona reflejada en la urbanística de ciertas partes de Santiago reflejada en un billete de dólar -fuera convincente o no, pero a su estilo. Pasamos por La Moneda (el despacho presidencial de Chile), con su Centro Cultural -donde ya nos propuso reposar nuestro guía-, el Museo Chileno de Arte Precolombino -al cual no tuvimos tiempo de ingresar todavía-, la avenida O’Higgins o Alameda hasta la Y griega que conforma el centro financiero de Santiago entre las calles Bolsa y Nueva York -donde la famosa conspiración-, el Teatro Municipal -delante del cual hay una estatua de unos niños jugando, empujándose unos a otros, que simbolizan Chile, Bolivia y Perú en la Guerra del Pacífico, apaciguados por Argentina-, el cerro de Santa Lucía, el barrio de Lastarria, el Palacio de Bellas Artes y el Parque Forestal, para acabar nuestro recorrido de cuatro horas (pero chill out, eso siempre) en el barrio de Bellavista junto a la Casa de Neruda, La Chascona (en referencia a su amante, de alborotado pelo ondulado). Todo ello, acompañados de un decidido, aunque fatigado, perro marrón que nos siguió todo el tour sin pedir nada a cambio, más que ser aceptado como uno más de nosotros. Laura lo bautizó con el nombre de “Po” (bien sabido es que los chilenos añaden como coletilla al final de frase su característico “po”, igual que los peruanos añaden “pe”, desviación de “pues”. Lo de “cachay” por “entiendes” ya no sé cómo surgió, pero debe de ser claramente inglés).  

Entregamos nuestra propina a Guillermo y nos fuimos a beber el pisco de cortesía que regalan con el free tour en un bar llamado “Viva la vida” en el mismo barrio de Bellavista. Nos dolían tanto los pies y estábamos tan a gusto, en una terracita al sol, que decidimos quedarnos a cenar pastel de choclo (¡contundente!) y risotto de quinoa. Bacán.

Me desperté domingo, día de mi cumpleaños, tranquila. Laura tenía una reunión para organizar su próxima exposición, así que yo me quedé un rato a solas disfrutando de la casa antes de salir a pasear y aprovechar ese hermoso día. Me dirigí andando al Parque Forestal y me compré una empanada para comer estirada en el césped, bajo el sol. Luego seguí paseando hasta el Centro Gabriela Mistral donde había la Furia del Libro, una feria alternativa de literatura de lo más simpática. Mientras ojeaba los libros, feliz, Laura me llamó: me estaba esperando sentada en un banco de la feria. No teníamos forma de contactarnos más que con Wifi, pero supo que yo estaría allí. Fuimos a tomar un café en el bohemio barrio de Lastarria, y me sorprendió con un pastelito por mi aniversario. Luego decidimos quedarnos por el barrio y subir al Cerro de Santa Lucía, desde donde se observa una bonita panorámica de la ciudad -en las avenidas circundantes de la cual, por cierto, tenía lugar la fiesta del globo para inaugurar el inicio de la Navidad. Todavía nos cuesta asumir, con este clima, qué época del año es… incluso a veces no tengo demasiado claro dónde estoy. Supongo que pasa.

Probamos el tradicional mote con huesillo (durazno en almíbar con cebada), y volvimos a casa para preparar la maleta antes de ir a la terminal rumbo al sur. Nos esperaba toda una noche de viaje en bus, suerte del amable azafato de mirada tierna y compasiva que nos cuidó durante todo el trayecto, ofreciéndonos cojín y manta, y despertándonos a la llegada con el desayuno.

Santiago, quizá, no sorprende, pero sí te hace sentir como en casa. Veremos qué nos depara la siguiente vuelta chilena, en compañía, siempre, de Laura.

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