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Vertigen invers

(O un lloc molt diferent de Rio,
on no neva ni plou)

Esperamos más de media hora con las bolsas de la compra en la rua Bolivar esquina Nossa Senhora de Copacabana, en el barrio de mismo nombre, a que parara de llover. Eran las seis de la tarde pasadas. Frente al supermercado Zona Sul, en el lado opuesto del cruce, parpadeaban las rojizas luces de neón del cine Roxy alentando nuestra empañada mirada. Los autos no cesaban de circular a gran velocidad salpicando a quien se atreviera a bajar de la acera y compitiendo con los numerosos taxis amarillos sedientos de clientes. Pese a no haber estado nunca, esa esquina nos recordó extrañamente a Detroit -por eso de las urbes en decadencia o ruinas urbanas, interesante topos, pero eso ya es otro tema. Pero no. Estábamos en Río de Janeiro, en el turístico barrio playero de Copacabana, tras un plácido día de playa y un gratificante aunque sofocante ascenso al Pao de Açúcar, uno de los emblemas de la ciudad. No paró de llover, así que corrimos con nuestras recién estrenadas hawaianas (las chanclas más bonitas de mi vida, aunque completamente inútiles) bajo una lluvia abundante en dirección al hostal Rio Backpackers, al final de Bolivar, donde llegamos empapados.

Me encontré con Franc, a quien ya había conocido un día en La Paz (ver “Bolivia: aquí donde el ayer es hoy”) en el citado hostal bajo previo acuerdo hace una semana. Él llegó un día antes que yo en (múltiples) bus(es) desde Bolivia. Yo llegué un sábado por la tarde tras un vuelo sin más altercados proveniente de Salvador. La misma noche que nos encontramos por segunda vez salimos a conocer el barrio de Santa Teresa, donde vive Ignasi (otro catalán fruto de un encuentro en el viaje de Franc), y el barrio de Lapa. El primero resulta una especie de Montmartre a lo brasileño: callejuelas animadas por el calor del sábado noche entre cachaças en baretos y artísticos graffitis realzando los muros que conducen a la Escalera de Selarón, donde se concentran los turistas para fotografiarse junto a los más de dos mil azulejos de distintos colores, tamaños y orígenes -obra “viva y mutante” del artista chileno Jorge Selarón. El segundo, se caracteriza por sus famosos Arcos de Lapa (“el acueducto da Carioca”, construido por los portugueses para abastecer de agua a la ciudad en la época y vía del tranvía eléctrico que trepa por el morro de Santa Teresa hoy en día), pero sobre todo por su vida nocturna. En este barrio se concentran numerosos clubs de samba y forro, además de infinidad de bares donde locales y turistas se mezclan para beber y charlar all night long. Nosotros nos iniciamos con nuestra primera cachaça con jengibre, poco a poco perdiéndole el miedo a la peligrosa reputación de esta ciudad.

Pasamos cuatro días descubriendo la llamada “Cidade Maravilhosa”, segunda más poblada de Brasil con seis millones de habitantes y futura sede de los Juegos Olímpicos 2016. Establecimos nuestra pequeña rutina: desayuno tranquilo en el hostal de la mano de la simpática cocinera brasileña y el dicharachero guarda nocturno del hostal (empeñados, una vez más, en que yo debía ser brasileña preta), deambuleo por entre los atractivos turísticos de la ciudad con parada obligatoria en la playa entre vendedores de caipirinhas y cachorros quentes, retorno lluvioso y veladas nocturnas varias entre el balcón de la habitación y nuestra mesa predilecta de la terraza del hostal, viendo pasar los monos que bajan de los cerros de esta salvaje urbe. Conectamos sencillamente bien: él cocina, yo friego los platos; él se orienta rápido, yo leo la guía; él me hace bromas afectuosas, yo respondo como buena “editora gilipollas”; los dos nos emocionamos frente a abstractos conceptos imposibles que derivan en múltiples direcciones, y nos creemos los más cool de la playa de Ipanema, caipirinha y gafas de sol nuevas en mano, pese a ser arrollados inesperadamente por las traicioneras olas brasileñas; y así. Unidos por nuestra tierra de origen, incluso compusimos improvisadamente una canción conjunta titulada “A dalt de la muntanya” (que habla del Gegant del Pi en sus periplos por la Catalunya interior en busca de bolets cuando cuando se encuentra con el Patufet y un cesto cargado de camagrocs) que nadie más entendió y menos la pareja de alemanes viajeros, compañeros de cuarto y de sobremesa, que pese a su átonita mirada cedieron a nuestro ímpetu en su última noche en Río. Nos acompañaron a una pequeña jam en el Bip Bip, acogedor local de un viejo impostadamente cascarrabias que nos prohibió fumar bajo el toldo limítrofe de su propiedad repetidas veces pero acabó por darnos un afectuoso apretón de manos de despedida en una noche singular. Igual se despidió Franc, con un cálido abrazo, en la misma calle de Nossa Senhora de Copacabana donde nuestra detroitiana esquina sigue en pie pese a las rutinarias lluvias torrenciales del atardecer carioca, dejándome sola de nuevo ante la multitud de mochileros israelitas que invadieron el hostal. 

No me quedó más opción, una vez más, que ponerme el disfraz de turista y recorrerme la ciudad por mi cuenta. Para tachar otro ítem de la lista de highlights obligados, decidí subir a Corcovado, en el Parque Nacional de Tijuca (sí, Río tiene un parque natural dentro de la propia ciudad) a presenciar de cerca el imperioso Cristo Redentor. Las vistas sobre Río de Janeiro desde el Pao de Açucar hasta Pedra Bonita, pasando por infinidad de favelas, lagos y playas, sin olvidar el estadio de Maracaná, son bonitas -eso sí, siempre y cuando uno consiga esquivar la marea de turistas con los brazos abiertos en las mil y una posturas imposibles que pueblan dicho cerro. Aunque hay que decir que la típica imagen de postal de Río con el Cristo es imposible de ver excepto para los afortunados que se permiten el lujo de pagar un rodeo de siete minutos en helicóptero y precio inaccesible para el pueblo, claro está.

Como parte de la visita, decidí, no sin reparos a mi científico estudio turistontológico, unirme al tour de las favelas, parte ineludible de la ciudad. En mi caso, no me tocó la cinematográfica Cidade de Deus, sino la favela de Rocinha, una de las 756 que existen, situada en la zona sur de Río entre Ipanema y Pedra Bonita, extendida en unos 800 km2. El singular aspecto de la ciudad, con grandes morros y vastas extensiones de vegetación en medio de la bahía mezclándose con grandes edificaciones hace que la división de clases entre los distintos barrios no muestre límites claros y estos crezcan caóticamente pisándose unos con otros de un modo un tanto bizarro. El guía nos contó que dos de los más de seis millones de cariocas viven en favelas. La mayoría provienen del nordeste del Brasil y se instalaron en Río en busca de mejores oportunidades, aunque menos del uno por ciento va a la universidad. Pueden llegar a haber construcciones de hasta cinco pisos con cinco familias distintas habitando en cada una de ellas, y existen notables problemas sanitarios en sus desguaces que derivan en enfermedades varias, pero solo disponen de un médico especialista. Al bajar de nuestra van blindada, tanbién añadió que podíamos cruzarnos con narcotraficantes armados durante el camino, pero no vimos ninguno y sospecho que no entran dentro de la ruta acordada. Al contrario, la gente se mostró de lo más amable -parte de lo que pagamos por el tour se destina a una centro de menores que construyeron hace doce años para niños huérfanos, que también visitamos, además de las varias paradas en puestos de souvenirs (coloridos cuadros artísticos, entre los cuales uno muestra la bandera de Brasil con su lema amputado a “em progresso”; pulseras y camisetas; e incluso la actuación de tres chicos a la percusión “olodum” quienes aprobaron que yo llevara puesta la camiseta de dicho grupo).

Caminar cuesta abajo entre cables eléctricos medio rotos, escaleras que barran el acceso, escombros por doquier y barracas imposibles, estrechando el camino a cada paso y dejando pasar a los jóvenes que cargan sacos de abastecimientos y niños correteando junto a pandillas de adolescentes agrupados en las esquinas resulta simplemente impresionante. Y dicen que entrar en una favela es más seguro que pasearse por el centro: los narcos prohíben el asalto dentro de ellas, bajo pena de cortarles la mano, e incluso suponen un festivo encuentro de fin de semana para los que se atreven a asistir a los conciertos que montan en sus calles. Lástima limitarse a la distante observación del turista de paso y no poder acceder a la esencia de estas comunidades para comprender cómo es la vida en ellas.

Mi último día en Río fue de lo más especial. Tras encontrarme la víspera con los franceses de la Chapada Diamantina que seguían el mismo itinerario que yo, el viernes tuve la ocasión de escalar casualmente el cerro de Pedra da Gávea junto a Marie, una de las alemanas del trekking de la Chapada, y un amigo suyo brasileño. Dicen que se trata del mayor monolito del mundo situado en la costa, a 844 m; yo no lo sabía, pero lo pude comprobar teniendo que escalar la última parte a duras penas y sin conciencia alguna. Como empezamos a subirlo a las seis de la tarde, evidentemente se nos hizo de noche en el camino y decidimos quedarnos a dormir en la cima. No dormí demasiado bien, pero me despedí de Río por todo lo alto, admirando su concierto de luces nocturnas y amaneciendo con los rayos rojizos del sol de primera hora de mañana junto a un grupo de brasileños borrachos pero muy majos que provenían precisamente de la favela Rocinha y que nos contaron la discriminación a la que están subyugados por el simple hecho de vivir en ella. Fue simplemente mágico.

Ahora me encuentro sola de nuevo en un camping de Ilha Grande con una habitación para mí (lujo del que hace tiempo que no dispongo) donde pasaré los próximos días antes de ir a Sao Paulo. El plan se limita a playa, sol y lectura; veremos. He decidido rechazar cualquier otro encuentro fortuito propio de los periplos mochileros para evitar el vacío que me crean cuando estos acaban y cada uno retoma su ruta. La intensidad tiene sentido cuando es breve, el vínculo se forma cuando se comparte. Y yo ya no sé si puedo seguir compartiendo.

Una vez más, cuando una se acostumbra a un compañero de viaje, este desaparece una noche cualquiera subido en un taxi dirección a la Rodoviária o al aeropuerto y los caminos se separan sin más dejándome esa sensación de vértigo que encarnan los vínculos creados durante el viaje, solo que inversamente porque nunca se cae, siempre se sigue avanzando bajo una espesa aunque alentadora lluvia interna.

Ya sea aquí o en un lugar muy distinto de Río, on no neva ni plou.

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