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Vida y muerte carnavalesca
en Salvador de Bahia

Be not afeard: the isle is full of noises, sounds and sweet airs, that give delight and hurt not. Sometimes a thousand twangling instruments will hum about mine ears, and sometime voices that, if then had waked after long sleep will make me sleep again; and then in dreaming  the clouds methought would open and show riches ready to drop upon me, that when I waked I cried to dream again.”

“How many goodly creatures are there here!

How beauteous mankind is!

O brave new world, that has such people in it!”

The Tempest, Shakespeare

El Carnaval es la celebración del renacimiento por excelencia. Y no me refiero a la época, claro, sino a un estado de renovación, regeneración, vida después de la muerte. Anclado a sus orígenes paganos, el Carnaval celebra el inicio de un nuevo ciclo de cosecha, en que la tierra está ya preparada para acoger semillas que darán lugar a nuevos frutos en un eterno ciclo de lluvia y sequía, fertilidad y destrucción, experiencia y olvido, vida y muerte.

El Carnaval es también la celebración del caos. Durante un lapso de tiempo controlado, el mundo se invierte de arriba abajo, las jerarquías se suspenden, la ropa se muda, las máscaras dan paso a una inesperada identidad, y el color, la música y la pintura dominan el ambiente, sin más leyes que la lujuria y el descontrol desenfrenados.

Hace casi una semana que aterricé en Brasil, en un vuelo proveniente de Lima, Perú. Pasé una semana encerrada en el barrio de Miraflores, que ya conocía, sin salir del hostal más que para ir a comprar provisiones, zambullirme en la Costa Verde y realizar algunos trámites pendientes, dejando de lado la imperiosa necesidad de turistear que me había raptado los últimos dos meses. Necesitaba un momento de pausa en el camino, solo para mí. Aun así, no faltó la imprevisibilidad del viaje: asistí a un proceso de exorcización en el hostal en el que me alojaba, fruto de las creencias de Pilar, la anfitriona monacal, que decidió contratar a un brujo para impregnar la Casa del Mochilero de humeante azufre y palosanto y expulsar así los espíritus malignos que dejan los viajeros en su casa con tanta ida y vuelta -y de paso expulsarlos también de nuestros cuerpos (sometidos a su cautiverio durante esa noche, ya que aceptar quedarse durante el proceso implicaba no salir hasta el día siguiente). Más de uno acabó vomitando. Yo dormí plácidamente. La última noche en Perú tampoco fue como esperaba. Pese a mis intentos por permanecer aislada, me reencontré con un extravagante polaco-canadiense a quien ya había conocido en el mismo hostal un tiempo atrás, junto a unas chicas argentinas, un colombiano y un catalán, entre otros, quienes me sacaron de la cama para aprovechar la última noche de fiesta limeña entre musculosos gogós argentinos, chilcanos gratis, robots con luces de colores y una interminable búsqueda de comida en la madrugada de Lima que acabó con una deliciosa hamburguesa con huevo, fruto de un asalto en la cocina del hostal, cobijados por el ángulo muerto de las cámaras de seguridad. Conseguí dormir las apenas tres horas que me quedaban antes de coger el taxi hacia el aeropuerto, con una entrañable despedida inesperada por parte de los asaltantes de la noche anterior. No volví a ver a la monja, y no sé si volveré por ahí, pero espero no haber dejado ningún demonio suelto.

Llegar a Salvador de Bahía tampoco fue tarea fácil: tras cuatro horas de vuelo, me esperaba una escala de diez horas comprendida una noche en el aeropuerto de Iguazú, arrastrando el cansancio previo. Suerte de un peruano que me encontré con quien entablé conversación con tal de forjar alianzas ante un imprevisto ataque de sueño y poder desprenderme de mi equipaje para salir a fumar de tanto en tanto. Tras otra escala en Sao Paulo, sin embargo, y un costoso transporte al hostal del barrio de Barra, Salvador, conseguí llegar de una pieza a mi destino: D’boa hostel, donde pasaría el resto del mes de febrero junto a Lara, en pleno Carnaval. Como Lara no llegaba hasta el día siguiente, aproveché para familiarizarme con el entorno: me recibió amablemente Loic, un parisino que decidió abrir el hostel un año atrás junto a Pablo, un uruguayo de ojos claros que, entre muchas otras cosas, disfruta ocupándose de las plantas, y Joaquín, un argentino que alterna caipirinhas con instalación de ventiladores, también entre otras cosas, además de Liza con el cargo de cocinera oficial, Bruno, el barman bailarín, Franco, el guardián de noche que nunca me abrió, y tantos otros.

Esa misma noche en el hostal tocaba un animado grupo de música bahiana, Onda da Bahia, con el que bailamos hasta que acabó la música y decidimos salir al paseo marítimo, en la Avenida Oceánica, inaugurando así mi llegada de lleno en el Precarnaval. El Carnaval de Salvador es el segundo más grande de Brasil, después de Río de Janeiro, y para muchos, el mejor. Es una época donde las diferencias sociales se apartan para dar paso a una euforia de colores, sonrisas y saltos al ritmo de incesantes tambores. Consiste en seguir los tríos eléctricos (enormes camiones con altavoces que conducen a los artistas por medio de la rúa) de pipoca (“fazer pipoca”, literalmente “hacer palomitas”, significa salir siguiendo el desfile de música fuera de los blocos o conjuntos cercados entre cuerdas de pago para los fans de un artista identificados con una misma camiseta o abadá) a lo largo de la Praia do Farol de Barra, entre el faro y el Morro do Cristo, hasta el barrio de Rio Vermelho. Otras areas de fiesta son Campo Grande (más popular, y también más peligroso) y Pelourinho, el centro histórico, donde todavía no he ido. Mi primera noche de precarnaval fue ya una locura: pese a salir sin dinero ni posesión alguna más que mi bolsa de tabaco, me intentaron robar con disimulo cinco veces, desistiendo al ver que no llevaba nada (no fue el caso de un rubio platino danés, al cual le desapareció el móvil al instante y su reacción se limitó a un “I’m out of here”), y me zarandearon de un lado a otro entre la multitud durante toda la noche (amparada bajo los brazos de mis acompañantes, que me salvaron en más de una ocasión).

Me desperté todavía sumida en el ambiente carnavalesco de la víspera, arrastrando un cansancio ya demasiado latente para mi cuerpo, por lo que me tomé el resto del día de descanso esperando a Lara.

Ya van cuatro meses y siete días de viaje por Sudamérica. Cuatro países y siete encuentros con amigos en distintos lugares de cada uno de estos países (y uno todavía pendiente, próximamente). Difícil contabilizar el número de personas nuevas conocidas, algunos ya amigos, otros de paso, pero muchas necesarias en ese momento y lugar preciso. Imposible describir las emociones, aunque, eso sí, todas bajo un velo constante de felicidad, con pinceladas azarosas de nostalgia, alegría, cansancio, desarraigo y vitalidad.

Uno necesita parar en ciertos momentos. Incluso la intensidad más anhelada pierde el sentido sin su debido tiempo de asimilación. Y no está permitido perderse. Pero ya empezó el Carnaval. Antes de que tenga tiempo para renacer, antes de que el olvido se apodere de mí, toca ponerse la máscara y seguir el ciclo de nuevo. Solo hay lugar para la vida, la experiencia, la música, el caos.

No tengas miedo: la isla está llena de ruidos, de sonidos y aires dulces, que dan deleite y no dañan. Carnavaleemos, pues.

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